El problema no es que el gobierno mienta. El problema es que ha logrado convertir la mentira en una forma de organizar la realidad… durante un tiempo. Ahí está la clave —y ahí dialoga con Camus—: la verdad no desaparece. Se difiere. Se empuja hacia adelante hasta que deja de ser políticamente costosa. No se niega para siempre; se administra en el tiempo.
Y mientras tanto, como advertía Baudrillard, el poder hace algo más sofisticado que ocultar: define qué es real en el momento en que importa.
El derrame en el Golfo de México no fue solo un desastre ambiental. Fue un ejercicio de construcción de realidad en tiempo real. Primero, la versión oficial: “chapopote natural”.
Luego, el recurso fácil: el “barco fantasma”. Después, la insinuación difusa: cualquier cosa menos Pemex. No era torpeza. Era método.
Porque en política contemporánea, la verdad no compite con la mentira; compite con el timing. Lo relevante no es qué ocurrió, sino cuándo se reconoce que ocurrió. Y cuando finalmente Pemex admite la fuga en un ducto de 36 pulgadas en Abkatún Pol-Chuc, lo hace en condiciones controladas: sin escándalo, sin responsables visibles, sin ruptura del relato central. La verdad llega, sí —como diría Camus—, pero llega tarde. Lo suficiente para que ya no duela igual.
Eso transforma completamente el problema. Ya no estamos ante un gobierno que oculta, sino ante uno que dosifica la verdad como recurso político. Rocío Nahle es un caso de manual en ese esquema. No minimizó por ignorancia. Minimizar fue su rol dentro de la coreografía. Su formación técnica no es un atenuante; es la prueba de que sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando habló de “gotitas”.
Aquí aparece un concepto menos explorado pero clave: el del simulacro funcional. No se trata de convencer a todos de que algo es cierto, sino de producir una versión suficientemente operativa de la realidad para sostener la estabilidad política. Eso explica por qué las mentiras oficiales suelen ser tan burdas: no están diseñadas para resistir verificación, sino para ganar tiempo narrativo.
En ese mismo circuito opera Infodemia de Jenaro Villamil. No como aparato de información, sino como dispositivo de intervención temprana. Su función no es fijar la verdad, sino interferir en el momento en que la sociedad empieza a formarla.
Negar, desacreditar, sembrar duda. Aunque después se caiga. El episodio de las “piernas” en Palacio Nacional fue más que una anécdota absurda: fue una demostración de que el poder ya no necesita credibilidad plena, sino adhesión selectiva. No importa que no todos crean; basta con que los propios no dejen de hacerlo.
Y mientras tanto, la realidad —esa que “espera su momento”— se acumula.
Peces muertos en el río Cazones. Un incendio en Tula que no existió hasta que existió “poquito”. Funcionarios removidos sin nombre ni consecuencia. Fragmentos de verdad que emergen tarde, dispersos, sin capacidad de articular indignación sostenida.
Ese es el punto más delicado: cuando la verdad aparece, pero ya no organiza la conversación pública. Porque entonces el poder ya ganó.
Y sin embargo, ese modelo tiene un límite estructural. No ético —eso hace tiempo dejó de importar en términos políticos—, sino operativo. Cuando el poder define demasiado tiempo lo que es real, corre un riesgo: que la realidad deje de obedecerle incluso a nivel interno.
Ahí es donde empiezan las grietas. No en el escándalo, sino en la pérdida de eficacia del relato. No cuando la mentira se descubre, sino cuando deja de servir.
Y mientras tanto, en el exterior, la presidenta habla de “paz”. No es contradicción; es segmentación. Dos relatos que no necesitan tocarse: uno para consumo internacional, otro para administración doméstica.
Dos realidades paralelas, ambas útiles, ambas funcionales. Hasta que dejan de serlo. Porque si algo sugiere Camus —y aquí está la advertencia de fondo— es que la verdad siempre termina llegando. No como acto moral, sino como evento político.
La pregunta no es si llegará. La pregunta es en qué condiciones —y a quién alcanzará primero— cuando lo haga.