Nunca habían viajado humanos tan lejos de la Tierra, repiten las gentes con alborozo ante la reciente expedición Artemisa, para de inmediato agregar entre signos de admiración la nueva cifra triunfal de esta olimpiada cósmica. La frasecita suscita un pasmo natural, pues las cantidades concretas prevalecen siempre sobre las emociones abstractas.
Cada vez que hay astronautas involucrados se decreta una suerte de tregua y la buena fe del mundo entona el coro colectivo del buen viaje. Cuando esos cohetones descomunales se elevan lentamente para huir de la Tierra, queman hidrógeno o algo, pero sobre todo encienden la imaginación que convierte la buena vibra en energía y largas lenguas de fuego domesticado.
Yo me sumo por imperativo genealógico: nací en 1950 y, drogado más de ciencia ficción que de ciencia, convertí los despegues y los amerizajes en parte del pasón, palabras como estratosférico y paracaídas en vocabulario vivo; miré la imagen de los primeros astronautas plateados caminando como pingüinos con sus escafandras bacinicas. Heredé, pues, la idea que venía desde Jules Verne sobre el imperativo de viajar al cosmos para precaverse si la Tierra llegara a colapsar y nos dejara huérfanos, lo que se obstina en hacer ahora que está en manos de un pobre diablo rico.
La frase famosa era que la Tierra era la cuna de la humanidad, pero que nuestra obligación es saber salirse de la cuna. Y los astronautas que, escribió Norman Mailer, “no son los últimos grandes seres humanos, sino los primeros de la nueva humanidad”, esa que será parida por la Madre Universal que se embaraza con las cápsulas espermatozoicas eyaculadas por los cohetes fálicos.
Eso explicaba que el astronauta pionero de 2001, la odisea del espacio, la gran película de Kubrik, se convirtiese al final en un deslumbrante feto cósmico nacido por Strauss, algo que mi generación leyó como una teofanía. No lo sabíamos aún, pero cumplida su gestación, ese feto es ya un adolescente fuera de la cuna, el estelar “ultrahumano” que postuló Teilhard de Chardin y muchos convirtieron en arte y literatura en los albores del siglo XX.
Escuchar la reiterada alabanza del nuevo récord mundial me llevó a evocar “Zona”, poema cimero de Guillaume Apollinaire que no se mide en millas náuticas sino en métrica impecable; ese poema que despegó en París en 1913, impulsado por un cohete impulsado por alcoholes sólidos.
En una parte del extenso poema (legible en la Internet), Cristo tiene un papel curioso: es al mismo tiempo el humano más antiguo y el piloto de la modernidad más voraz; es a la vez “el hijo de la Madre dolorosa” y quien “sube al cielo mejor que los aviadores y ostenta el récord mundial de altura”, que ahora han roto los cuatro astronautas artemisos, mujeres y hombres, negros y blancos.
El Cristo astronauta de Apollinaire no precisa de combustible: lo suben las aves, los ibis y flamingos, el ave Roc, “millones de golondrinas”, los pihis chinos que tienen una sola ala y por tanto vuelan en parejas; las palomas y el ave-lira y los cuervos, los halcones y búhos, y hasta el “pequeño colibrí de América”…
Imagino que ese pequeño colibrí americano equivale al diminuto nanosatélite mexicano “Gxiba-1”, construido en la Universidad Popular de Puebla que, empacado en un cohete japonés, la Agencia Espacial Mexicana colocó en 2025 en la Estación Espacial Internacional con objeto de monitorear volcanes “para protección de la población”. No es poca cosa este primer pasito fuera de la cuna.
Quizás podamos meter en un próximo cohete otro nanosatélite colibrí, uno capaz de monitorear al nuevo Poder Judicial para protección de la transformación…