En las épocas doradas del priismo omnipotente, las transferencias de secretarios de Estado a líderes del partido fueron excepcionales pero significativas. Un pasillo poco usado y explosivo.
López Portillo como presidente de la República, repitió la fórmula. Envió al PRI en 1981 a Javier García Paniagua, un poderoso policía político jalisciense, en un enroque por Gustavo Carvajal, quien dejó el liderazgo tricolor para irse a la Secretaría de la Reforma Agraria, que encabezaba García Paniagua. Al asumir el liderazgo tricolor, en una ansia parecida a la que tuvo Muñoz Ledo en 1975, García Paniagua amasaba la idea de que desde la dirigencia partidista podría ser candidato a la Presidencia pero al final López Portillo se decantó por Miguel de la Madrid lo que le abrió, en 1981, la puerta del retiro sexenal.
En ambos casos, Muñoz Ledo y García Paniagua, fueron defenestrados por los presidentes electos. También ambos casos recalan en Morena. Porfirio fue figura señera de la izquierda partidista (PRD y Morena) donde militó 35 años tras 28 en el priismo). Falleció con la crítica profunda a los nexos del morenismo con grupos criminales.
El paso de Ariadna Montiel y de Citlalli Hernández de secretarias de Estado a dirigentes partidistas no ocurre en fin de sexenio pero sí tiene visos de una encomienda de alienamiento de la sucesión presidencial. Obvio, para pensar en la retención de la Presidencia en 2030, primero deben pasar por retener la mayoría parlamentaria y acrecentar gubernaturas.
Montiel y Hernández significan un vínculo generacional diferente al de sus predecesores en el partido: Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán, nacidos en los ochenta y representantes de una generación política a la que devoró la ambición y la frivolidad.
Ariadna Montiel, de 51 años de edad, se curtió en el Consejo Estudiantil Universitario en la UNAM y fue activista esencial en el PRD en la época de la Jefatura de Gobierno de AMLO, convirtiéndose en una figura de enorme confianza del tabasqueño. Es fundadora de Morena y representa un enlace con el movimiento obradorista de 2006 y el gobierno del 2018; además trabajó durante todo el gobierno capitalino de Marcelo Ebrard (precandidato presidencial rumbo al 2030). No es el linaje familiar lo que le impulsa políticamente. Su labor en la Secretaría del Bienestar en dos sexenios le apuntala como figura fundamental del grupo en el gobierno. Conoce a detalle el mapa de beneficio político-social puesto como ancla de poder.
Como pocas simboliza una continuidad dentro del movimiento político que sustenta a la denominada 4T.
Su traslado a la dirigencia partidista parece tener el propósito de rehacer las frágiles uniones de grupos e intereses que confluyen en el variopinto Morena. Ideológicamente supone una custodia de los preceptos combinada con el pragmatismo.
Un dato no menor envuelve la fragilidad y la confusión. Antaño, estas decisiones del poder presidencial eran contundentes y determinantes. No les acompañaba nada más que la obediencia. Ahora, en el morenismo pachanguero, son dictadas por el rumor y la retahíla de redes sociales lo que debilita a los ungidos. Al final, todos, obedecen a regañadientes.