México no tiene un sistema de salud: tiene un rompecabezas roto. Fragmentado, desigual, diseñado en función del empleo y no de las personas. Durante décadas, eso produjo ciudadanos de primera -los del IMSS o Pemex- y de segunda -los del Seguro Popular-. Inequidad institucionalizada. Ineficiencia tolerada. Y entonces llegó la “transformación”. Se nos prometió universalidad. Se eliminó el Seguro Popular con el argumento de que ahora sí habría acceso para todos, sin distinción. Primero fue el INSABI. Luego el IMSS-Bienestar. Ahora, otra vez, la misma promesa: la salud básica universal. Cabe la pregunta incómoda: ¿No que ya se había logrado? ¿Mintieron entonces o improvisan ahora?
Y luego están las promesas tecnológicas. Expediente clínico electrónico, credencialización universal, interoperabilidad entre instituciones. Pero ya se intentó eso en la CDMX y fracasó. Ahora se plantea a nivel nacional en plazos irreales: 10, 30, 60 días. Sin presupuesto claro. Sin ruta creíble. Sin reconocer la complejidad de integrar sistemas, capacitar personal y proteger datos. Además el decreto publicado lo dice sin rubor: se hará con recursos ya aprobados. Es decir, sin dinero nuevo. Un proyecto monumental financiado con presupuestos insuficientes. Magia contable como política pública.
Peor aún: se mantienen -y en algunos casos se profundizan- los incentivos perversos. Si el acceso será universal, ¿qué incentiva a empleadores a inscribir a sus trabajadores en el IMSS? ¿Para qué pagar cuotas si los servicios estarán disponibles de cualquier manera? La informalidad no se combate; se subsidia. Y la fragmentación tampoco desaparece. Los estados podrán adherirse o no. Pemex tendrá hasta tres años para integrarse. La interoperabilidad queda en manos de una agencia sin plazos ni recursos definidos. El resultado previsible: un mosaico aún más desigual.
Detrás de cada porcentaje inflado, de cada decreto apresurado, de cada promesa reciclada, hay algo que no se puede maquillar: pacientes esperando, tratamientos interrumpidos, vidas en riesgo. Y un gobierno que no sólo falla en curar, sino que ha optado por administrar la enfermedad, y dejar que los pacientes sigan muriendo.