A Roberto Lazzeri le gusta Bad Bunny y la vibra de Los Ángeles, California. Y también disfruta la tensión de trabajar en un Gobierno de contradicciones: no le escama usar herramientas vistas como neoliberales para ayudar al movimiento que recela de los economistas. …
Si nada se interpone, Lazzeri será embajador de México en Estados Unidos, una sede que lleva años sin gravitar, al menos desde 2021, cuando llegó a esa posición Esteban Moctezuma. Desde Washington se convertiría en la apuesta de Claudia Sheinbaum para generar confianza.
Con Lazzeri, la presidenta acelera en su primavera de cambios en el Gabinete que abren la expectativa de mejora, en medio de una coyuntura que demanda urgentemente motivos para reactivar la fe en su Gobierno, dentro y fuera de México.
No se trata solo de pedir que se crea en una economía letárgica, sino de que Sheinbaum acredite la promesa de que encontrará la fórmula que dé viabilidad a un modelo con prioritario enfoque social, sin renunciar a cuidar las variables que dan certeza a los mercados.
Ahí es donde el nombramiento de Lazzeri, sorpresivo para muchos, tiene lógica. Surge de una lectura de Presidencia y Cancillería para perfilar en la interlocución bilateral a alguien que EEUU ya ha visto operar en coyunturas como la crisis de lavado en el sistema bancario.
Porque Lazzeri fue parte del equipo que lidió con EEUU cuando desde ese país vino la acusación en contra de Vector, CiBanco e Intercam, hace diez meses, por presunto lavado de dinero de cárteles de la droga. Sus oficios habrían ayudado a mitigar el impacto del anuncio.
Cuando Lazzeri vivió esa experiencia aún estaba en Hacienda, donde creció al amparo del anterior secretario Rogelio Ramírez de la O. Luego, en agosto del año pasado fue nombrado director de dos bancos estatales, y días atrás subido a la negociación del T-MEC.
Tan meteórico ascenso tendrá en Washington su prueba de fuego. Cuando la administración Trump dé su beneplácito, arribará urgido de recobrar el tiempo perdido tras la falta de liderazgo de la cancillería preRoberto Velasco, y la mencionada irrelevancia de la embajada.
Para ilustrar la tarea pendiente, basta citar el mensaje que publicó en la red social X el exembajador Arturo Sarukhan el 2 de abril, tras conocerse la salida de Juan Ramón de la Fuente de la secretaría de Relaciones Exteriores un día antes:
“Un excanciller que en más de un año jamás se paró en el Congreso de EEUU, ni tuvo presencia o interacción alguna con otro actor o instancia (0 ‘think tanks’, 0 organizaciones cupulares, 0 formadores de opinión, 0 prensa, 0 centros académicos o universitarios en Washington -o EEUU) que no fuera Rubio en un par de desplazamientos de ida y vuelta”, resumió lapidariamente quien representó a México ante la Unión Americana en el sexenio de Calderón.
Independientemente de la inquina electoral o real de Donald Trump en contra de los mexicanos, el desembarco de Lazzeri encontrará una relación bilateral encendida, además, por reclamos de 300 empresas estadounidenses que denuncian al SAT por lo que llaman acoso.
Y es que Lazzeri tendrá que desplegar su talante pragmático y de buen negociador para hacer buenos los argumentos a favor de un Gobierno que es visto como alérgico a los contrapesos y desdeñoso, a pesar de lo que dice la presidenta en las mañaneras, de la inversión.
Es en ese ambiente en donde Lazzeri puede hacer una diferencia. Está fogueado en los años del obradorismo en los que tuvo que abogar por prácticas y decisiones que no pocas veces a él y los suyos de Hacienda les hicieron ganarse el mote de neoliberales.
Lazzeri entiende los recelos del obradorismo ante los mecanismos ortodoxos, tanto como la necesidad de pensar, según se lo reconocen quienes lo han visto actuar, “fuera de la caja” para afianzar una economía de bienestar popular.
En ese sentido, su labor en Washington tendrá que desplegarse de manera tan visible en público, como efectiva en privado. Por vez primera, alguien en la embajada será visto como capaz de interlocución directa con Palacio Nacional y, por ello mismo, exigido al respecto.
Si ha de triunfar en su misión, es porque rápidamente ha de ser reconocido como intermediador efectivo ante un régimen que se dio el lujo de dar la espalda al mundo en general, a América Latina en particular, y a múltiples agendas bilaterales desde el sexenio pasado.
Y a diferencia de lo que ocurre hoy con Moctezuma, a quien nadie le pide parecer de lo que pasa en México, los escándalos y las distorsiones de un movimiento inmaduro en su institucionalidad amenazan con comprometer más a menudo de lo esperable la labor del eventual embajador.
Lazzeri tendrá que improvisar y madurar habilidades diplomáticas para minimizar los costos de las vicisitudes, por ejemplo, de un gobierno que aún cree que puede aferrarse a defender la dictadura cubana, mientras busca un acuerdo comercial único con Estados Unidos.
Se abre una oportunidad, esa que precisamente llega cuando se renueva interlocutor; y será más viable si Lazzeri, quien en México a menudo interactuó fuera de la burbuja guinda, forja relaciones también con el capital intelectual mexicano no morenista en EEUU.
Los titubeos de la era De la Fuente-Moctezuma deben pasar ya a la historia. Para empezar, la presidenta Sheinbaum se vería beneficiada si lo que su Gobierno pretende es divulgado y defendido ampliamente en foros internacionales por alguien como Lazzeri.
Un nuevo perfil, uno coral, de la Administración de Sheinbaum se atisba con los cambios de estos meses. Gente que no duda en expresarse cuando el movimiento corrige, aun sea sin reconocerlo, algunas situaciones que eran abiertamente anómalas.
Una muestra de eso la dio Lazzeri el 27 de febrero, cuando en ocasión de la aplaudida por muchos salida de José Romero del CIDE, el próximo embajador ante EEUU se permitió este mensaje en la red X:
“Como egresado del CIDE celebro y apoyo la decisión de la secretaria Rosaura Ruiz de realizar un cambio en la dirección general de este Centro. Mi formación en el CIDE me dio las herramientas para hoy poder contribuir e impulsar la política económica de la presidenta con un objetivo claro: el bienestar de todas y todos. Veo con optimismo esta nueva etapa para consolidar al CIDE como una institución de excelencia académica, guiada por la ética, las mejores prácticas y una conducción responsable y abierta al diálogo, valores que siempre han caracterizado a la comunidad cideíta”.
No hay que aventurarse mucho para decir que dentro del obradorismo hay gente que recela que se apoye la remoción de cuadros nombrados por AMLO como José Romero, o que incluso se busque definir una nueva relación sexenal con Estados Unidos y el mundo.