La gente no merece un desprecio como el de ayer. Las imágenes en el Metro de la Ciudad de México retrataron, ante todo, el abandono de la autoridad y la indiferencia hacia quienes no tienen otra alternativa de transporte. Demoras y hacinamientos indignos. Lo de ayer fue una humillación al pueblo. El sindicato del Metro decidió suspender el “tiempo extraordinario”. Eso implicaría 800 recorridos menos de los trenes, que dejarían sin transporte a cerca de dos millones de personas y multiplicarían los tumultos y los retrasos. Según el sindicato, fue una acción desesperada, pues 70% de los trenes en funciones no cumple con los protocolos internacionales de seguridad para usuarios y trabajadores. “El Metro está prácticamente colapsado”, me dijo temprano el líder histórico del sindicato, Fernando Espino. “Creemos que el presupuesto está secuestrado. El gobierno de la ciudad no ha comprado absolutamente nada, a pesar de que les hemos explicado el problema tren por tren, equipo por equipo. Pero no tenemos respuesta. Ni siquiera nos toman una llamada”. No sé cuánto de ello sea cierto. Sé que ahí están las imágenes. La autoridad no resolvió ni remedió. Quizá porque no quería dialogar con un sindicato al que pretende doblegar. Si para ello millones de ciudadanos deben padecer, que padezcan. Por la tarde, el gobierno anunció que hablaría con el sindicato. Vaya sentido del deber. Y del humanismo.
Columna invitada