Alina Bárbara lleva años en prisión domiciliaria. Su delito fue protestar contra el gobierno de Cuba. Vive en Matanzas, una ciudad mediana donde hay barrios que llevan años sin agua, los cortes de luz duran más de 20 horas y un tanque de agua para una familia de tres alcanza para unos cuatro días y cuesta el salario de una semana. Ella está “regulada”: el eufemismo oficial para quienes tienen prohibido salir del país. Y sabe que, pese a todo, vive con privilegios en comparación con sus vecinos.
La familia de Alina le envió una planta eléctrica que le permite mantener conectados el refrigerador, una hornilla y un ventilador durante los apagones. Solo esto marca una diferencia. En muchos casos, quien tiene una planta guarda comida para otros, pero les cobra, a veces con un bistec; otras, con un pedazo de pollo.
En La Habana, donde nací y viví hasta 2001, la gente espera meses por un tanque de gas o arroz y frijoles a precios racionados por el gobierno. El resto es el mercado informal, con precios impagables. Sin gas para cocinar ni arroz ni frijoles, miles de cubanos cocinan en hornillas eléctricas lo que pueden. Pero sin luz durante horas, toca salir al patio y encender un fuego.
Un litro de gasolina en Cuba cuesta hoy unos 80 pesos. Los productos básicos se han vuelto inalcanzables para buena parte de la población. Y la desigualdad es cada vez más marcada entre quienes tienen un negocio o parientes fuera y el resto de los cubanos de a pie.
Crecí en Cuba en los años de crisis tras la caída de la Unión Soviética. Hace poco Johanna Cilano, investigadora para el Caribe de Amnistía Internacional, me explicó que la crisis que comenzó entonces nunca se saldó por completo, y por eso ahora la caída, con las sanciones económicas más intensas de EU y la crisis que siguió a la pandemia, es peor que nada que hayamos vivido antes.
Ahora hay toda una economía en Miami alrededor de la crisis en Cuba, con empresarios que apoyan el bloqueo y, al mismo tiempo, ganan mucho con los envíos a Cuba de todo tipo, desde salsa de tomate hasta bicicletas eléctricas.
Esta semana, publiqué un reportaje en el programa de radio que dirijo, Latino USA, sobre la situación en Cuba. En noviembre, Trump enfrentará las elecciones intermedias. Según las encuestas, ha perdido mucho apoyo entre los latinos y hace poco dijo que “Cuba era la próxima” y que “tendría el honor de tomar Cuba”.
En Miami, donde muchos votantes latinos aún apoyan a Trump, el historiador Michael Bustamante me dijo que el presidente de EU cree que puede ser “el primero que logre lo que no ha logrado ningún otro presidente de EU, o sea, terminar con el régimen comunista en la isla”. O sea que Trump está interesado en el simbolismo de “tomar Cuba” y en complacer a sus votantes en Florida, quienes dicen que “este es el año de la libertad”.
El gobierno cubano sigue culpando de todo al bloqueo y a EU y no acepta las decisiones económicas equivocadas que ha tomado. A medida que más mujeres y hombres como Bárbara viven en la cárcel o en prisión domiciliaria, más gente sale a las calles a protestar y se intensifican los ataques contra los periodistas independientes. Cilano me explicó que en Amnistía están documentando cada vez más casos de presos políticos, mientras que el presidente cubano niega que existan.
Se ha publicado mucho sobre Cuba recientemente, casi siempre desde una perspectiva muy política y polarizada. Vengo a decir que hablar de Cuba debe significar hablar de su gente, dentro y fuera de la isla, y de lo que estamos viviendo: del dolor y la desesperación, no de los votos latinos ni de los discursos de izquierda desde la añoranza de un sueño cubano, que hace mucho se acabó.