Columna invitada

En Barcelona, ganó la hipocresía

Columnas

En la cumbre convocada por Pedro Sánchez en Barcelona, presentada como una reivindicación mundial de la democracia desde la izquierda, se reunieron líderes progresistas de América Latina junto a figuras destacadas del Partido Demócrata estadounidense, como el senador Chris Murphy.

La cumbre, que aspiraba a ser una defensa de los valores democráticos, terminó exhibiendo un compromiso selectivo con ellos. No hubo un ejercicio serio de autocrítica. No hubo una reflexión sustantiva sobre la deriva autoritaria en Venezuela, ni un señalamiento claro del régimen cubano. Sheinbaum habló de autodeterminación sin mencionar la ausencia de libertades políticas en la isla.

Claudia Sheinbaum se presentó como heredera de la larga tradición democrática mexicana.



“Vengo en nombre de un pueblo trabajador, creativo y resiliente”, dijo. Luego evocó, con tono lírico, a figuras que van de los héroes de la Independencia a Frida Kahlo. El discurso podría haber sido simplemente ceremonial, de no ser por la realidad que enfrenta la democracia en México.

Desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el entramado democrático que Sheinbaum celebraba ha sido erosionado de manera sistemática. La independencia judicial se ha debilitado, los contrapesos han sido socavados y las instituciones autónomas han perdido fuerza. La reforma judicial ha vaciado de contenido al Poder Judicial y ha consolidado una Suprema Corte alineada con el Ejecutivo.

Más que respetar la democracia, el poder ha aprendido a usar sus mecanismos para distorsionarla. Por eso, México empieza a ser descrito como una autocracia electoral. Ahora, en paralelo, el Instituto Nacional Electoral, uno de los últimos pilares de credibilidad de nuestro sistema democrático, enfrenta presiones crecientes. Las reformas impulsadas y los nombramientos en puerta apuntan en la misma dirección: debilitar los equilibrios y concentrar el poder.



Ese contexto vuelve aún más problemática la escena de Barcelona porque lo que se presentó como una defensa de la democracia terminó siendo, en los hechos, una escenificación parcial, donde se condena lo ajeno y se ignora lo propio. Se habló de democracia sin la exigencia mínima de someterse a sus estándares.

Es una omisión reveladora. No se puede elogiar la democracia mientras se omiten, o incluso se encabezan, procesos que la erosionan.

No se puede reclamar autoridad moral sin asumir responsabilidad política. No se puede hablar de libertades mientras se tolera su debilitamiento en casa.



Al final, la pregunta no es solo sobre lo que ocurrió en Barcelona, sino sobre lo que revela: lo cierto es que no se puede realmente elogiar la democracia cuando algunos de los actores presentes, como, por desgracia, la presidenta de México, encabezan proyectos que la debilitan.

O se es autocrítico de manera implacable, o se es hipócrita. En Barcelona, ganó lo segundo.

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