Caminé el viernes por el Centro. Sentí que atravesaba el desierto. En Gante recordé un artículo que Andrés Henestrosa publicó en 1999 en el viejo Unomásuno: Henestrosa recordaba que él y su amigo Florencio Palomo Valencia tomaban el aperitivo y la sopa en el restaurante Paolo (en la calle de Gante), el platillo fuerte en el Prendes (16 de Septiembre) y los postres en el Sanborns de los Azulejos.
Hubo un tiempo en el que en cada calle del Centro había un restaurante memorable. Pero esa ciudad de México se perdió para siempre.
Cerca de donde estuvo el Paolo fue inaugurado en 1933 el Salón Luz, un clásico del Centro Histórico: en una atmósfera de caoba servían carne tártara o carne cruda con angulas, acompañadas con pan de centeno. Pero el Salón Luz entregó su venerable barra al Creador en el tiempo horrible de la pandemia.
El Prendes de 16 de Septiembre 10, en los bajos del Edificio Iberia, ya tampoco existe. Es ahora una heladería.
El Prendes original abrió a finales del siglo XIX en una gran manzana que fue derribada para que construyera el Palacio de Bellas Artes. En el siglo siguiente se volvió el gran favorito de la clase política: los viejos meseros contaban que, con frecuencia, a la hora de la comida, llamaban de la oficina de Miguel Alemán para ordenar platillos que agasajaban el paladar presidencial.
El Prendes contaba con extraños y coloridos murales en los que figuraban sus clientes más famosos. Ahí estaban el payaso Ricardo Bell, el torero Carlos Arruza, los poetas León Felipe, Gabriela Mistral, Amado Nervo y Luis G. Urbina. Los pintores Frida Kahlo, Diego Rivera y Doctor Atl. Me parece que hasta Walt Disney y Gary Cooper estaban pintados ahí.
Armando González Torres se debe acordar. Todos los lunes se hacía una tertulia de escritores que se juntaban a comer a las 2 de la tarde —Severino Salazar, José Francisco Conde Ortega, Ignacio Trejo Fuentes…—. La especialidad era el filete Chemita (inventado ahí según la receta de un cliente misterioso al que se conocía como el Señor Chemita), pero de la cocina salían también platos humeantes de lenguado, sesos, escamoles y criadillas al gusto.
Aquel sitio desapareció en 2002. Es uno más de los fantasmas del Centro.
Caminé el viernes buscando lugares que ya no están. Me convertí en un notario que fue extendiendo aquí y allá certificados de defunción.
Como afirmaba Felipe Teixidor: la Ciudad de México se perdió para siempre.
En López 43, con puertas de vidrio biselado y una barra que tenía por lo menos 60 años funcionando, se abría cargado de años y de tradición el prestigioso Salón Victoria. Qué pena por los que ya no podrán probar jamás su goulash: resulta que es ahora una tienda — otra más— en donde venden lámparas.
En López 60, la Casa Valencia, famosa por su paella, sus callos a la madrileña y su pulpo a la gallega es ahora una tienda donde venden vinos. En Bolívar 31, El Centro Catalán, con sus caracoles, su caldo gallego y su conejo a la cacerola, ha dejado de existir.
Ya no está el Círculo Vasco en 16 de Septiembre 51. Ahora es una tienda de ropa, como otra cualquiera del Centro.
En 5 de Mayo 10 hubo alguna vez un apantallador restaurante que se llamó L’Heritage. Llegaban carrazos de políticos y empresarios y a sus puertas había siempre choferes y guaruras de lentes oscuros. Declaro que no entré jamás, pero ahora vi en ese sitio una Farmacia del Ahorro.
El restaurante más antiguo de México abrió en abril de 1860 en la actual Belisario Domínguez, cuando la Reforma había desquiciado las puertas de los conventos y empezaban a ser demolidos los muros de uno de estos: el convento de Santo Domingo de Guzmán.
Una sección de ese convento fue adquirida por Policarpo Orozco: había comenzado la larga historia de la célebre Hostería de Santo Domingo, que atravesó todo el siglo XX con sus muros pintados de azul rey y rosa mexicano, con sus papirotas de papel picado, con su vitral realizado en la casa Derflingher, con su pianista flaco y encorvado (que envejeció con el restaurante), con los autógrafos dejados en las paredes por Salvador Novo, Agustín Lara, Jacobo Zabludovsky, Cantinflas y Lola Beltrán, y sobre todo, con los chiles en nogada servidos todo el año, y sus platos de mole poblano, ropa vieja y mole en pipián.
Cerró sus puertas en medio de la emergencia sanitaria de 2020 y nunca más volvió a operar. Se fue como se fueron el Hevia, la Fonda Santa Anita, Las Cazuelas, El Hórreo, la Casa Rosalía, el restaurante Tampico, los caldos Zenón y la sopa de médula de El Taquito.
Aquellos lugares del centro habían estado siempre y parecía que no se iban a ir jamás.
Ya no está esa ciudad. La oferta gastronómica del Centro Histórico consiste en tacos al pastor. El Centro es un desierto. Como afirmaba Teixidor, se perdió para siempre
Señor Mauleon, parte del personal del salón victoria se encuentra laborando en la calle de dolores en La Mascota que es también muy antigua a un lado del tío Pepe.
Se olvidó de la bella ferrolana con su cabrito
Como siempre: una prosa exquisita, que hace rememorar espacios que ya no están más.
Gran cronista y escritor mis respetos Don Hector
Y le faltó El Viñamar de López, entre muchos otros. Excelente crónica, como siempre.
Es correcto, el centro de nuestra niñez y juventud ha desaparecido, se depauperizo, tal vez La Blanca y La Corte sea los últimos que quedan