“Detrás de cámaras” en el caso Azucena Uresti

Para cuando estalló la bomba entre Azucena Uresti y los dueños de Milenio, la periodista había ido sufriendo una sistemática escalada en la vigilancia editorial sobre su espacio estelar: todos los días llegaba a su oficina un emisario para cerciorarse de los dos o tres temas que no debía tocar, había otro supervisor encargado de que los temas que sí se tocaran salieran al aire con menos cafeína, el guion de su programa estaba bajo estricta supervisión superior, le habían exigido dejar de emitir opiniones en Twitter y cancelar su columna en Opinión 51, y en una ocasión incluso “se cayó la señal” justo cuando abordaba un asunto espinoso para Palacio Nacional que le habían dicho que no debía mencionar.

En ese contexto, lo del lunes 8 de enero fue sólo la chispa que encendió la corta mecha que detonó la dinamita que incendió la casa que quemó el pueblo. Ese día, el presidente López Obrador se quejó de ella. Para despreciarla, no le llamó Azucena Uresti sino “Susana Eréstegui”, a pesar de que su vocero le “sopló” dos veces el nombre correcto. La periodista respondió esa misma tarde en su programa de Radio Fórmula calificando al presidente de discriminador, misógino y agresor constante de mujeres.

Esto desató un huracán en Milenio. Empezó la presión desde lo más alto con un mensaje contundente: las cosas no pueden continuar así, si sigues en Milenio no puedes seguir en Radio Fórmula. Era claro: lo que decía al aire en Radio Fórmula -donde Azucena Uresti goza de más libertad- enojaba al presidente no solo con el dueño de Fórmula sino también con el de Milenio, donde ocupaba el espacio estelar. La periodista, su equipo y varios directivos de Milenio (algunos me dieron sus testimonios y en esos baso esta columna) interpretaron este mensaje como un ultimátum, un despido disfrazado de alternativa: si quieres seguir aquí, te tienes que callar, y ya no puedes estar en Radio Fórmula.

En coincidencia con esta crisis, Radio Fórmula había doblado su apuesta a favor de Azucena Uresti: le había ofrecido un mejor espacio: tres horas en el horario estelar de la mañana, en vez de una hora que tenía en la tarde-noche. Ella tomó el salvavidas.

Los días siguientes fueron un jaloneo entre chats, llamadas telefónicas y reuniones presenciales. Se fue extinguiendo la comunicación entre la conductora estelar y los dueños. Le ofrecieron regresar al estado de cosas previo a la crisis pero ese constante y sutil golpeteo a la libertad de expresión había llegado a su límite: la chispa había prendido la mecha que ya había detonado la pólvora que ya estaba incendiando la casa. Acordaron una especie de liquidación y listo. El viernes por la noche, Azucena Uresti anunció su partida dejando apenas un par de pistas en el camino: habló de “circunstancias actuales”, de que “hemos enfrentado muchas presiones profesionales”.

Que nadie diga que la palabra del presidente no pesa en el ánimo de los dueños de los medios de comunicación. Que nadie diga que la palabra del poderoso y autoritario presidente no incide en el destino y los márgenes de libertad de los periodistas.

Pero sí hay quien lo está diciendo.

Con la ayuda del presidente López Obrador, sus propagandistas y sus siempre obsequiosos periodistas funcionales, Milenio ha querido permear la idea de que su rompimiento con Azucena Uresti fue consecuencia de una decisión profesional de ella. Que escogió Radio Fórmula sobre Milenio. Que prefirió radio sobre tele, pues. La falta de lógica del argumento encendió aún más el debate. Ella misma refutó la versión oficial ayer por la tarde: lleva 5 años trabajando en Radio Fórmula y su nuevo horario matutino radiofónico no chocaba con su horario nocturno en televisión. Además, es amplísima la lista de periodistas que hacen televisión en un medio, radio en otro y publican columna en un tercero. Cuando conducían espacios estelares en Televisa, Joaquín López Dóriga y Denise Maerker tenían programa en Fórmula. Ciro Gómez Leyva lo tiene mientras es la cabeza del noticiario más importante de Imagen TV. En Milenio también ha sido práctica común: el propio Ciro conducía el noticiario estelar en Milenio mientras hacía radio en Fórmula, y aún hoy Carlos Zúñiga hace tv en Milenio y radio en MVS.

Así que no había motivo para el ultimátum. Bueno, sí había: el enojo del presidente y las presiones sobre los dueños del medio. Porque en el fondo, la disyuntiva no era Milenio o Fórmula. Era callarse o no.

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