Políticos y periodistas en la hoguera de las vanidades

José Luis Parra

El periodismo se está devaluando. Antes lo dividíamos en géneros periodísticos. Hoy en tuits. Y en troles, obviamente. La información política que circula en las indomables redes sociales es falsa en su mayoría. Si nos atrevemos en dar una cifra, diríamos que en un 80 por ciento. Esto nos lleva a una pregunta: ¿Qué gana la sociedad con el periodismo actual que se difunde por internet?

La conclusión es que la sociedad no está informada, en gran parte por los intereses personales de medios y comunicadores. Grandotes, medianos y chiquitos. Todo entra en la licuadora. Y al final queda una bebida con las cualidades del agua: Incolora, inodora e insípida.

Hasta en el género opinión hay ciertos jilgueros que insisten en desacreditar o minimizar lo que se escribe sin compromiso de por medio.

¡Qué patética situación!

¡Qué bajo han caído algunas plumas!

Sobre todo las que aún conservan prestigio.

Bueno, es la factura que cobra el desarrollar un periodismo a la carta, empeñado en defender a la figura política, más que en informar, en opinar como piensa la mayoría de nuestra sociedad.

Es el riesgo de que el periodista administre una simple florería.

Florecitas o arreglos florales se reparten de acuerdo a la compensación económica y al nivel o ego del periodista.

Porque eso sí, en el medio periodístico hay un vedetismo que se mide en egos.

En nuestra modesta opinión el periodismo y la política son actividades hasta cierto punto parecidas: Sus actores son entes que se necesitan mutuamente pero en ocasiones, por las trincheras que defienden, se atacan, a veces con sutileza y una sonrisa, otras con saña, como si fuesen enemigos a muerte.

La diferencia siempre es marcada por el grado de inteligencia, sangre fría y aplomo de los adversarios. No siempre los contendientes se distinguen por ser friamente calculadores.

Y es entonces cuando periodistas y políticos dejan el juego de las coincidencias para prender el fuego en la hoguera de las vanidades, su juego preferido.

Pero resulta que el oficio periodístico no es un concurso de egos.

Menos una hoguera de vanidades.

Por ejemplo, hace poco hubo en Hermosillo una manifestación de periodistas que sentían en peligro su integridad física (Desde Alfredo Jiménez no hay un desaparecido. Y eso fue en circunstancias muy pero muy especiales.). El punto es que tomaron como bandera el asesinato del reportero sinaloense Javier Valdez Cárdenas, un periodista que en vida recibió varios premios por sus escritos sobre narcotráfico y crimen organizado. Hoy hubo marchas de protesta en Sinaloa y otros lugares del país porque las autoridades no resuelven el crimen.

Y aquí ni una hoja se movió de ese árbol que personificaba la solidaridad periodística.

La bandera del sinaloense quedó en el piso.

Cualquiera puede pensar que ya se cumplieron los verdaderos objetivos.

¿Nuevos espacios para los que movieron esa manifestación?

Ahora podríamos pensar que se abrirá un espacio en televisión al estilo Tercer Grado, de Televisa, de cara al próximo proceso electoral.

Es una mera suposición, claro.

En un libro escrito allá por los años 80 del siglo pasado, Miguel Angel Granados Chapa dejó su opinión sobre este asunto: La libertad no puede existir sin una adecuada responsabilidad. Esta última tiene mucho qué ver con los objetivos que persigue tal o cual órgano de prensa. En todo caso, las implicaciones políticas e ideológicas acompañan toda información. Un periodismo neutral o “químicamente puro” no existe. La tarea de la divulgación de informaciones presupone valores que pueden no ser explícitos pero que siempre están contenidos en la información. Estos valores determinan la imagen de la sociedad que crea la información transmitida por un periodista o un determinado medio de información.

Al respecto, una pregunta: ¿Cuál es la imagen de nuestra sociedad?

 

 

 

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