Desde que López Obrador decidió, en su infinita sabiduría, que la mejor política exterior era la política interior, el papel de México en el mundo se fue reduciendo hasta hacerse casi simbólico. El expresidente no conocía, ni conoce, el mundo; su visión internacional tenía como límite Cuba; rechazó los viajes internacionales, las cumbres, el conocimiento de otros líderes mundiales. Como pensaba —piensa (hay que ver lo que dice en el libro Grandeza)— que tiene la respuesta de todo y para todo, no tenía que aprender de nada ni de nadie. Así nos fuimos aislando del mundo y perdiendo el espacio que México tuvo en el pasado.
Nos quedamos solos, incluso en donde tuvimos una enorme legitimidad, en América Latina. Se apostó a los regímenes totalitarios y hemos roto o nos hemos distanciado con los demás, y en la medida en que está cambiando la correlación de fuerzas del continente, nos quedamos sin interlocutores.
Porque hubo una época en la que México tenía una verdadera política exterior frente a los regímenes totalitarios y las dictaduras de la región. Hoy, por el contrario, estamos cada vez más aislados, nuestros aliados son Venezuela (la de Maduro, quién sabe cómo están las cosas con Delcy Rodríguez) y Cuba, en menor medida Nicaragua, y estamos confrontados sin sentido con Ecuador y Perú, con los que hemos roto relaciones (por defender a Rafael Correa y a Pedro Castillo, dos mandatarios amigos de López Obrador denunciados por corrupción e intento de golpe de Estado), estamos prácticamente sin relaciones con Bolivia (por defender a otro amigo de AMLO, Evo Morales, acusado de corrupción, de violación y de tráfico de niñas). La relación con la Argentina de Javier Milei es casi inexistente y lo mismo sucede con Chile desde que asumió José Antonio Kast. En Honduras, desde la derrota de Xiomara Castro, que perdió en forma estruendosa las elecciones en ese país, la relación se ha congelado. Y no hablemos de las relaciones con El Salvador o incluso con Costa Rica.
Se supone que nuestro aliado es Brasil, a donde próximamente irá la presidenta Sheinbaum, sin comprender que, más allá de la amistad de gobernantes y pueblos, en realidad es nuestro adversario geopolítico. Por cierto, en Brasil, las encuestas muestran, por lo menos, un empate para las elecciones de este año entre Lula y los precandidatos de derecha, cuya relación con México es pésima. En Colombia se mantiene una buena relación con Gustavo Petro, otro defenestrado dentro y fuera de su país, y en México hemos recibido en dos ocasiones al candidato de la izquierda, Iván Cepeda Castro, a quien, por cierto, Jesús Ramírez lo quiere asesorar en el manejo de medios. Las encuestas muestran que, si va unida, ganará la derecha.
Decíamos en diciembre, cuando se rechazaba la intervención estadunidense que se materializó el 3 de enero en Venezuela, que parecía que no se terminaba de comprender, por lo menos en el discurso y la narrativa gubernamental, la importancia y la amenaza que significa que se designe el fentanilo como un arma de destrucción masiva y a los cárteles como terroristas, con todas las implicaciones que eso tiene. Mucho menos que se siga desafiando a Estados Unidos con el tema de la solidaridad con Cuba, misma que sufrió ayer otro golpe con la divulgación de que el gobierno de Díaz-Canel le pidió al mexicano que no divulgue los envíos de ayuda porque los grupos disidentes podrían “boicotear” su distribución, que, como también hemos visto, termina muchas veces en las tiendas en divisas que maneja el ministerio de la Defensa de Cuba.
Estamos renegociando nuestro principal instrumento económico y de desarrollo, que es el T-MEC, y cuando sabemos que en la mesa de la negociación están la exigencia de la seguridad jurídica aprobamos leyes como la que permite congelar cuentas sin mandato judicial, se amplían radicalmente las causas para la prisión preventiva oficiosa, se reducen las posibilidades de pedir un amparo y Lenia Batres y otros ministros de la Corte están empeñados en imponer la posibilidad de la revisión de las sentencias que ya estén en firme en los casos en los que ellos consideren que el fallo no fue justo.
Al mismo tiempo, se aceptan muchas de las condiciones que va imponiendo Estados Unidos en el ámbito de la seguridad, incluyendo el reinicio de la colaboración con la DEA, pero el gobierno se sigue resistiendo a desarticular las redes de protección política y complicidad con el crimen organizado. El lobbying de México en Estados Unidos es casi inexistente ante el Congreso y otros centros de poder. La Presidenta no se ha reunido personalmente con Trump ni ha visitado un país donde residen 30 millones de mexicanos. Después de sus primeras incursiones internacionales, la mandataria parece haberse retraído al estilo López Obrador en sus posibilidades diplomáticas.
Todo esto y mucho más viene a cuento por la llegada de Roberto Velasco a la cancillería. Se ha destacado la juventud de Velasco, el canciller más joven que ha tenido México, pero, más allá de eso, se le debe reconocer su inteligencia y capacidad de diálogo. Son importantes, pero necesitará mucho más para reconfigurar una política exterior que hoy está marcada por la intrascendencia. Hay que desearle lo mejor.