En México hay funcionarios que estiran el sueldo, otros que lo administran y unos más que, por lo visto, lo convierten en milagro bíblico. Cobran como burócratas, declaran como asalariados modestos y celebran como jeques. La austeridad, en esos casos, no desaparece: simplemente se disfraza de utilería para el discurso oficial.
El caso de la empleada de Pemex, Virginia Guillén Ávalos, no escandaliza únicamente por la fastuosidad de una fiesta de XV años que, según cálculos extraoficiales, pudo rondar los 40 millones de pesos. Eso ya de por sí sería una obscenidad en un país donde millones sobreviven haciendo malabares para completar la despensa. Lo que verdaderamente revienta la lógica es el abismo entre el ingreso reportado y el estilo de vida exhibido.
Porque una cosa es querer darle a una hija una noche inolvidable. Eso lo entiende cualquiera. Y otra muy distinta es montar un escaparate de lujo extremo, con celebridades, artistas de alto calibre y una producción de revista, mientras en el papel se presume una vida patrimonial que no termina de cuadrar ni con calculadora oficial ni con la imaginación más generosa.
Aquí no está a debate el amor de madre.
Está a debate el origen del dinero.
Y cuando ese dinero aparece orbitando alrededor de una trabajadora de Pemex casada con un contratista de Pemex, entonces la sospecha deja de ser malicia y se convierte en obligación pública. Para eso existen las declaraciones patrimoniales. Para eso existen los órganos internos de control. Para eso, en teoría, existe el combate a la corrupción que tanto se pregona desde el poder.
Pemex presentó una denuncia. Muy bien. Ya era hora de que alguien en el aparato oficial fingiera, al menos, que se ruboriza. Falta ver si esto termina en investigación seria o en la tradicional ceremonia burocrática del carpetazo con moño. Porque en México la indignación institucional suele durar menos que un video viral y mucho menos que una canción de fiesta.
El problema de fondo no es una quinceañera de lujo.
El problema es el mensaje.
Y el mensaje es devastador: mientras al ciudadano común se le exige declarar, comprobar, pagar, justificar y apretarse el cinturón, hay personajes en el servicio público que parecen haber descubierto una economía paralela donde los salarios son decoración y el patrimonio, un acto de fe. No hay ahorro, no hay cuentas, no hay ingresos extra, pero sí casas, terrenos, camionetas de lujo y fiestas de otro planeta. Casi dan ganas de pedirles asesoría financiera. Deben ser genios. O algo peor.
La tragedia de estos casos es que no lastiman solo la imagen de una empresa pública quebrada moral y financieramente. Lastiman algo más profundo: la poca confianza que todavía sobrevive entre sociedad y gobierno. Cada expediente así le dice al ciudadano que el sistema no castiga la corrupción; la administra. La tolera mientras no haga demasiado ruido. Y cuando el ruido es insoportable, entonces activa el protocolo de control de daños.
Pemex, por cierto, no necesita más escándalos. Pero parece adicto a ellos. Sus números sangran, su reputación también, y ahora además se asoma esta historia de opulencia ofensiva, muy al estilo tropical del poder mexicano: nómina oficial por un lado, abundancia inexplicable por el otro.
La pregunta no es si hubo exceso.
Eso está a la vista.
La pregunta es si habrá consecuencias. Y allí empieza el verdadero baile. Porque en este país el problema nunca ha sido descubrir los indicios. El problema ha sido tocar a los intocables, desmontar complicidades y seguir la ruta del dinero aunque conduzca a los sótanos del poder, a los contratistas consentidos y a las redes que convierten una oficina pública en agencia de prosperidad privada.
Si la denuncia de Pemex va en serio, habrá que revisar bienes, declaraciones, omisiones, relaciones y contratos. Todo. Sin maquillaje, sin consigna y sin miedo. Y si no va en serio, entonces esta historia quedará como otra postal de la hipocresía nacional: un gobierno que predica pobreza franciscana mientras a su sombra florecen fortunas de fantasía.
Al final, la fiesta no es lo más grave.
Lo verdaderamente indecente sería que, después del escándalo, no pase nada.
Si eso r0ban achichincles segund0nes del kakas ¿Cuánto no r0bar0n, y siguen r0band0, el kakas y su tenebr0sa familia?