Columna invitada

El periodista que puso el cuerpo donde puso la palabra

Hace un siglo, el México que vio nacer a Julio Scherer García era una nación suspendida en el umbral de la tragedia y la transformación. En aquel abril de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles ejercía un poder vertical y férreo, mientras el país se precipitaba hacia el abismo de la Guerra Cristera. Ese contexto de tensiones profundas y definiciones drásticas parece haber marcado, desde la cuna, el destino de quien se convertiría en la figura central del periodismo mexicano moderno. Al cumplirse hoy el centenario de su nacimiento, la memoria de don Julio emerge no sólo como un ejercicio de nostalgia, sino como una brújula ética para quienes ejercemos este oficio en tiempos de igual complejidad.

Scherer García le correspondió la monumental tarea de narrar, con una prosa afilada y una curiosidad inagotable, los grandes momentos de la vida pública de México y una vasta geografía de acontecimientos internacionales.

Su historia personal está indisolublemente ligada a la de esta casa editorial. Ingresó en Excélsior en 1947, recorriendo todos los peldaños hasta asumir la dirección general el 31 de agosto de 1968, en vísperas de uno de los capítulos más oscuros del México contemporáneo. Su gestión, que terminó abruptamente el 8 de julio de 1976 –debido a una burda maniobra orquestada desde el máximo poder–, representó una época de oro para la libertad de expresión.



Por ello, resulta natural y necesario que El Periódico de la Vida Nacional rinda un sentido homenaje a su memoria mediante un trabajo especial que se publica en esta edición. Al celebrar este centenario, lo hacemos sin olvidar los logros y méritos de nuestro fundador, Rafael Alducin, ni la trascendencia de directores que sostuvieron el prestigio de este diario, como Rodrigo de Llano y Manuel Becerra Acosta. Sin embargo, es de elemental justicia reconocer que fue Julio Scherer García quien inyectó una dimensión de grandeza inédita en esta institución, elevándola a la categoría de referente internacional.

Quienes hoy formamos parte de Excélsior queremos honrar ese legado de la única manera posible: practicando un periodismo que registre con rigor los tiempos que nos ha tocado vivir. Como muestra de este compromiso, presentamos dicho trabajo especial, ideado por Olegario Vázquez Aldir y Ernesto Rivera y realizado por el reportero Andrés Becerril, quien se sumergió en el Archivo Histórico de este diario. Contó con la experiencia de Roberto Rodríguez Rebollo y su equipo, rastreando las claves que definieron la trayectoria de don Julio por estas páginas. Becerril no se limitó al documento frío; realizó múltiples entrevistas para reconstruir la vitalidad de un hombre cuya existencia fue, en sí misma, una crónica de la resistencia.

Como director editorial de este diario, quiero agradecer profundamente a todos los integrantes de la familia Excélsior y a quienes colaboraron generosamente para que este suplemento viera la luz. Mi gratitud se extiende a mis compañeros involucrados en la producción y, de forma muy especial, a quienes aportaron sus valiosos testimonios: Elías ChávezGerardo GalarzaEnrique KrauzeJuan MirandaHumberto MusacchioFrancisco Ortiz PinchettiFederico Reyes Heroles y Julio Scherer Ibarra.



Los textos aquí reunidos trascienden el dato biográfico; se leen con la intensidad de un thriller. En ellos aparecen episodios asombrosos, como el relato de Scherer Ibarra sobre aquella ocasión en que su padre estuvo a punto de ser ejecutado por militares en la frontera entre El Salvador y Guatemala, o el hallazgo de Becerril sobre el intento de secuestro por parte de policías de la Procuraduría de Guerrero. Estas anécdotas retratan al periodista más grande que ha dado México: un hombre que siempre puso el cuerpo donde puso la palabra.

Scherer decía que el periodismo era “creador sin obra final”, tarea perpetua que se agota en el presente. No obstante, hay momentos en que la marcha debe detenerse para observar lo construido. Para nosotros era indispensable volver la vista atrás para honrar la vida de quien, durante casi ocho años, dirigió esta casa y legó un testimonio imborrable de la historia.

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