Columna invitada

Crónica (amable) del robo (organizado) de autopartes

Columnas

Este relato no es personal. Porque si algo se repite y repite, cualquier pretensión de reducirlo a caso aislado, único o producto de la “mala suerte” individual es parte de la estrategia que normaliza delitos y todas las complicidades a su alrededor.

Guadalajara alguna vez eligió el lema de “Ciudad amable”. Las últimas 36 horas me lo confirmaron.

Al filo del mediodía un vehículo fue estacionado a media cuadra de céntrico mercado de la capital de Jalisco. Una hora después, la conductora regresó para descubrir el marco de una ventana roto, el correspondiente cristal hecho añicos, mas el interior parecía intacto.



Marcó al 911. Muy amables tomaron el reporte. Como apretaba la calor, quiso prender el aire acondicionado. No jaló. Fue el despertar a la pésima sorpresa de que el daño iba mucho más allá de vidrio y marco rotos.

Abrir el cofre confirmó la pesadilla. No estaba la computadora y había un ramillete de coloridos cables exponiendo su desnuda alma de cobre, tantos como para fundar la sospecha de que al motor le faltaba mucho más que su cerebro digital. En eso, llegó la policía.

Dos patrullas primero. Con sendas parejas amables. Se presentaron. Pidieron nombre de la parte afectada. Empáticos, cada elemento movió la cabeza al ver la destripada panza del coche. Y sin falta, cada una y uno de ellos se pusieron a buscar cámaras.



Un par de judiciales –uno los reconoce al instante– apersonáronse y, tras amable saludo de rigor, se sumaron a buscar cámaras. Principalmente de privados. Uy, ninguna mira para acá; qué mala pata, se condolieron.

La solidaridad de un amigo-que-conoce-a-otro-amigo se materializó en forma de grúa. El guardia de la agencia automotriz nos recibió sonriente: uy, hace rato me trajeron otra camioneta como la suya, pero a ésa además le quitaron faros y parrilla. Qué consuelo.

De ahí al ministerio público. No les puedo explicar lo amable del licenciado. De verdad. Paciente. Incluso simpático. Noventa minutos después sale uno de la fiscalía listo para hablar al seguro con papelito en mano. En paralelo comenzó el lado oscuro de la amabilidad.



Dos personas, cada una por su lado: “Oigan, si quieren –dijeron sin falsa cortesía– sus piezas se pueden localizar. No otras, las suyas. Eso sí, hay que pagar”. No, gracias, fue la respuesta, amable como no podría ser de otra manera ante quien ofrece ayuda.

Y cada que alguien se enteró, la amabilidad se desbordó: en el hotel –“me pasó hace dos meses y el seguro no pagó”–; otro: “zutanita sí se las recompró; en la agencia, impagable”; uno más: “a mí en 2017 me tocó, acepté y hasta me dijeron dónde me habían desvalijado”.

Todos, absolutamente todos, la mar de amables.



Eso es parte del problema. La amable y solidaria resignación de las víctimas es el reverso de la moneda del cinismo de la autoridad. Los primeros se saben a merced de los criminales; estos operan en un medio donde el seguro contratado difícilmente va a pagar, así que negocio redondo, y los gobernantes –demasiados de ellos con vehículos pagados por la ciudadanía– sin apuro. ¿Por qué dejaría de sonreír un gobernante si nadie se la hace de tos?

De tiempo atrás hay quien insiste en que la reforma que sí urge es la que atiende delitos cotidianos, como el robo organizado de autopartes que no son un barato chistecito para quien lo padece. Pero a todos –prensa incluida– nos embelesa la menchología y/o similares. Mientras, en ilegalidades como recomprar tus autopartes robadas, que cada quien amablemente se rasque con sus uñas.

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