La muerte del ayatolá Alí Jamenei no ocurrió así de la nada, ni en un vacío moral ni estratégico. Durante casi cuatro décadas encabezó un régimen que reprimió protestas, encarceló mujeres por mostrar el pelo y convirtió la teocracia en un método eficiente de control social.
La represión de manifestaciones pacíficas bajo su égida dejó más de 30 mil personas asesinadas. No es propaganda occidental: es la estadística de un régimen que confundía fe con terror. Frente a eso, el bombardeo casi “quirúrgico” ejecutado por Estados Unidos e Israel reporta menos de 300 víctimas. No es un concurso de muertos; es una escala de proporciones.
Y sí: la muerte del ayatolá no es una desgracia para el mundo. Pero que un líder autoritario caiga bajo misiles coordinados tampoco convierte a nadie en paladín moral.
No equivale a paz. No garantiza libertad. No asegura estabilidad. Cambia piezas; no arregla el tablero. Porque aquí está la escena incómoda: hubo ataque, no declaración formal de guerra. Hubo despliegue naval. Hubo mensaje geopolítico. Y hubo narrativa épica para consumo interno.
Donald Trump, uno de los personajes más inmorales de la política contemporánea, celebró la muerte del líder iraní como la caída de “una de las personas más malvadas de la historia”. Dicho por él, suena casi a comedia de stand-up involuntaria. El lenguaje moral sirve para las cámaras.
Y se sabe —aunque nadie lo diga en voz alta—: Estados Unidos casi nunca termina teniendo que justificarse. No importa qué pase. La excepcionalidad es su escudo diplomático permanente.
Lo verdaderamente relevante no es la eliminación de un hombre, sino el precedente: se acaba de normalizar que dos potencias decidan, sin mediación internacional efectiva, quién debe salir del tablero geopolítico. La Organización de las Naciones Unidas quedó como figura decorativa.
Rusia y China, con la sombra de una Tercera Guerra Mundial flotando en el ambiente, ni siquiera se inmutaron. Midieron riesgos. Hicieron cuentas. Cerraron la calculadora.
Primer trascendido: China no calla por neutralidad ética. Calla porque necesita petróleo estable y rutas comerciales predecibles. Una guerra abierta en el Golfo le dispara los costos energéticos y le revienta la planeación industrial.
Europa tampoco es pacifista por romanticismo kantiano. Europa tiene pánico a otro shock energético como el de Ucrania. Otro salto en el crudo sería dinamita política.
En síntesis: nadie quiere la guerra…, pero todos quieren ganar la partida.
Señoras, señores: ese es el nuevo orden internacional. Un sistema sin árbitro, donde las reglas son reemplazadas por umbrales de tolerancia. Se empuja hasta donde el otro aguante. Se provoca sin cruzar —según el cálculo propio— la línea roja.
Pero el riesgo no es la intención. El riesgo es el error. Las guerras modernas no empiezan porque alguien “quiera” incendiar el planeta. Empiezan porque alguien creyó que el otro no respondería.
Segundo trascendido: Si en Irán no hay transición ordenada, sino fractura interna entre facciones militares y clericales, el vacío podría llenarse con sectores aún más radicalizados. La historia es cruel: a veces la caída de un líder no modera; radicaliza. Y no pocas veces, cuando Estados Unidos “acomoda” el tablero, la siguiente ficha resulta más impredecible que la anterior.
El mundo celebra videos de mujeres iraníes bailando con el pelo al viento —símbolo legítimo de liberación—, mientras los verdaderos jugadores estratégicos calculan rangos de misiles y precios del barril.
Y aquí viene la parte incómoda para México. En casa fingimos que lo que sucede en Irán es un episodio lejano. La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que “México promueve la paz”. Suena impecable. Es constitucional. Es diplomáticamente correcto. Mas, que yo sepa, el petróleo no vota en Naciones Unidas. Un conflicto prolongado en Medio Oriente presiona el precio del crudo, empuja la inflación, tensiona el tipo de cambio y puede borrar en semanas lo que el peso ha ganado frente al dólar en dos años. El mercado cambiario no escucha discursos. Reacciona a riesgos. Aquí el problema no es tomar partido moral. El problema es que nuestra estabilidad depende de decisiones que se toman a miles de kilómetros.
Estamos ante algo mucho más serio: un orden internacional que aprendió a vivir al borde del abismo como si fuera método de negociación. La disuasión dejó de ser equilibrio; ahora es apuesta permanente.
Trump es especialista en esa lógica: tensar, provocar, retroceder medio paso y declarar victoria. Cuando todos juegan al mismo juego, el margen de error se hace cero.
No estamos ante líderes que quieran incendiar el mundo por capricho. Estamos ante líderes convencidos de que pueden jugar con fuego sin quemarse.
Y cuando todos creen que controlan el viento, la historia suele encargarse de recordarles que el viento no se controla.
Giro de la Perinola
La 4T llama “paz” a lo que en realidad es una política de la inacción. Y la inacción, en política internacional, no es neutral: es permisiva.
Cuando las democracias se repliegan en discursos impecables, los autócratas avanzan. El vacío no se queda vacío. Lo ocupan los que no tienen escrúpulos.
Decir “respetamos la autodeterminación de los pueblos” frente a un régimen que asesinó a más de 30 mil manifestantes es un acto de retórica cómoda; es invocar la libertad donde no existe. Es fingir que los pueblos esclavizados están decidiendo algo.
Y hay algo todavía más incómodo: un gobierno que se asume feminista no puede esconderse detrás del no intervencionismo mientras un régimen convierte el cuerpo de las mujeres en instrumento de castigo religioso.
Eso no es coherencia ideológica. Es contradicción moral. Si eso es política exterior “moral”, entonces el término moral necesita, urgentemente, una auditoría.
Y paz no es mirar hacia otro lado. Paz no es tolerar al autócrata porque queda lejos. Paz no es neutralidad cuando el agresor es evidente.
Porque cuando la neutralidad favorece al opresor, deja de ser prudencia y se convierte en complicidad pasiva.
Dicho de otro modo, “la paz” que no incomoda al tirano nunca significa paz. Es silencio con buena prensa. Y en el nuevo orden mundial, la irrelevancia de Palacio Nacional también tiene consecuencias.