¿Quién los mandó? La pregunta es un trámite. Nadie cree —ni por un segundo— que la CNTE se organiza sola, que sincroniza plantones por vocación pedagógica o que compra casas de campaña nuevas por amor al civismo. Tampoco que se retire a las 72 horas “sin lograr nada”. Siempre logran algo: presión, desgaste, recordatorio de poder.
Y, sobre todo, mensaje.
Llevan más de dos décadas haciendo lo mismo: secuestrar la Ciudad de México y condenar a generaciones enteras a la simulación educativa. No protestan: chantajean. No enseñan: bloquean. No representan: operan.
Son arietes. Y alguien los sostiene.
Hoy, Claudia Sheinbaum se pregunta —con un dejo de incomodidad— para qué protestan si hay diálogo. La escena es reveladora: la presidenta tratando de parecer jefa de Estado mientras su propio aparato le recuerda quién reparte las fichas. Y mientras tanto, Mario Delgado, secretario de Educación, reducido a community manager, compartiendo videos en lugar de contener una crisis que, en teoría, le compete.
Pero el problema no es de formas. Es de origen.
Durante años, Andrés Manuel López Obrador convirtió a la CNTE en causa, en músculo y en herramienta. La usó contra todos: contra gobiernos, contra reformas, contra instituciones. La legitimó, la victimizó, la financió políticamente. La volvió útil.
Hoy, esa misma herramienta ya no obedece con disciplina automática. Hoy presiona. Hoy cobra. Hoy exhibe.
Zedillo dialogó. Fox dialogó. Calderón dialogó. Peña dialogó. La diferencia no era la apertura al diálogo, sino el límite. El obradorismo eliminó ese límite. Y cuando el límite desaparece, lo que queda no es negociación: es extorsión institucionalizada.
La vieja lógica de la cuña: del mismo palo. Misma necedad. Misma lógica de desgaste. Misma amenaza de paralizarlo todo si no se conceden exigencias que ningún Estado funcional aceptaría.
Porque eso exigen: abrogar la Ley del ISSSTE, ampliar privilegios, sostener excepciones. No buscan derechos: buscan ventajas. No quieren igualdad: quieren trato especial.
Y ahora anuncian su siguiente acto: el Mundial.
Nada proyecta mejor a un país que su incapacidad para gobernarse. Nada dice “México está listo para el mundo” como un Zócalo tomado, vialidades bloqueadas y aulas vacías. La postal es perfecta: quienes deberían educar, convertidos en especialistas en presión callejera.
Y el gobierno hará lo que mejor sabe hacer: ceder.
Claudia Sheinbaum doblará la narrativa —no la testuz, eso ya está doblado— para vender cualquier concesión como “diálogo”. Porque en este modelo, el costo político inmediato pesa más que el deterioro estructural. Aunque eso implique seguir desfondando al Estado, debilitando la autoridad y comprometiendo la ya frágil viabilidad del país.
Mientras tanto, hay causas que no convocan.
Ni una sola movilización de la CNTE ha sido para acompañar a las madres buscadoras. Ni una. Las mismas que encuentran fosas cerca de zonas que México presume al mundo. Las mismas que hacen el trabajo que el Estado abandonó.
Pero claro, ahí no hay templete ni cámaras ni policía resguardando. Ahí hay riesgo. Y el riesgo no cotiza políticamente.
Esto nunca fue sobre educación. Es sobre control.
¿Quién los mandó?
La respuesta incomoda porque es evidente: Andrés Manuel López Obrador. El mismo que los movilizó durante años y que hoy los utiliza para recordarle a Claudia Sheinbaum que el poder no se hereda… se administra bajo supervisión.
Porque esto no es protesta. Es disciplina interna.
No es disidencia. Es ajuste de cuentas.
Trascendido: en el círculo cercano al poder —ese que no sale en conferencias— se empieza a leer el mensaje con claridad: cada plantón, cada bloqueo, cada crisis “espontánea” tiene destinatario. No es la oposición. No es la ciudadanía. Es Palacio Nacional. Es un recordatorio constante de que el obradorismo no terminó en la boleta electoral; se quedó incrustado como sistema de control.
“Nos vemos en el Mundial”, dicen.
Y por primera vez, no suena a invitación.
Suena a amenaza.
Giro de la Perinola
Fernando Alférez Barbosa, diputado de Morena en Aguascalientes, decidió ilustrar el nivel del debate público: “los hombres también tienen leche”, afirmó en plena discusión sobre lactarios.
Uno pensaría que es metáfora. No lo es.
Conviene aclarar —ya que el Congreso no lo hace—: sí, los hombres tienen glándulas mamarias, pero no producen leche en condiciones normales. Cuando ocurre, se llama galactorrea y suele estar asociada a desórdenes hormonales, medicamentos o patologías.
Es decir: no es argumento. Es síntoma.
Y encaja perfecto con el momento: maestros que no enseñan, políticos que no gobiernan… y legisladores que no entienden ni de lo que hablan.
Al final, todo cierra: vividores contra vividores.