Columna invitada

Un país no listo

El partido de futbol entre las selecciones de México y Portugal, celebrado el sábado, en el marco de la pomposa reinauguración del Estadio Banorte, resultó ser mucho más que un evento deportivo; fue la concentración de varios de los problemas estructurales que aquejan a la sociedad mexicana.

Lo que debió ser una fiesta de unidad y orgullo nacional terminó con un estruendoso abucheo al Tri por parte de una afición que abarrotó el Coloso de Santa Úrsula. Estos seguidores, que pagaron precios exorbitantes por asistir, dejaron claro con su reacción que no recibieron el espectáculo que creían merecer. El síntoma más preocupante de esta desazón ocurrió durante los minutos finales: el público no sólo coreó “oles” ante los pases de los portugueses, sino que lanzó en repetidas ocasiones el grito prohibido por la FIFA. Lo distintivo y doloroso en esta ocasión fue el destinatario; el grito no fue para los despejes del portero rival, sino para los del guardameta mexicano, Raúl Tala Rangel.

Esta fractura entre el equipo y su gente es el espejo de una gestión logística y política que parece haber subestimado la magnitud del compromiso. Pese a que hace ocho años México fue declarado sede del Mundial de 2026, junto con Estados Unidos y Canadá, el tiempo se ha venido encima para la preparación de las ciudades anfitrionas. En Monterrey, la promesa de un tren elevado no se cumplirá a tiempo. Por su parte, la Ciudad de México sigue castigada por los baches y la falta de obras de infraestructura necesarias para albergar una Copa del Mundo, mucho menos para presumir ser la sede de la inauguración.



La crisis de infraestructura se hace evidente desde la llegada al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Tras la cancelación del proyecto de Texcoco por parte del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la capital se quedó con una terminal saturada donde, a poco más de dos meses de la inauguración mundialista, todavía se pegan pisos en pasillos por donde circulan miles de pasajeros y se colocan trabes con grúas a marchas forzadas. El entorno del Estadio Banorte no es mejor. Aunque la remodelación del recinto luce completa —quizá porque la iniciativa privada se hizo cargo de ella—, los alrededores son un caos de obras inconclusas. El sábado, los aficionados se vieron obligados a llegar caminando largas distancias ante la falta de estacionamientos y un sistema de transporte público que mostró ser inadecuado e insuficiente.

En la imagen que México proyecta al mundo, la seguridad pública es quizá el flanco más vulnerable. El desastre provocado por las políticas de la administración anterior permitió que las actividades del crimen organizado se expandieran a niveles alarmantes. No resulta descabellado pensar que la ausencia de la gran estrella del partido, Cristiano Ronaldo, se haya debido a serias consideraciones de seguridad; su recuperación “milagrosa” de la lesión que explícitamente le impidió viajar a México sugiere que el riesgo país pesó más que el deseo de jugar en una cancha con etiqueta de mítica.

En un sentido más amplio, México no parece listo para asumir su lugar como la decimotercera economía del planeta. El país navega amarrado al destino de Estados Unidos mientras su gobierno expresa, con nostalgia, su apego a un mundo en retirada, manifestado en su persistente apoyo al régimen castrista. La integración a la zona de libre comercio de América del Norte ha sido el motor de las últimas tres décadas, pero esa plataforma manufacturera hoy cruje ante el avance de la inteligencia artificial y la automatización, áreas en las que el país no ha invertido lo suficiente para mantenerse competitivo.



En lo futbolístico, aunque dejaré el análisis técnico a los expertos, es evidente que esta selección no emociona. El sábado, en su gran prueba de fuego, México mostró una incapacidad crónica para armar jugadas en el medio campo, cometió errores defensivos que sólo la falta de puntería rival evitó que fueran tragedia, y generó escaso peligro en la delantera. El mejor termómetro de esta desorientación nacional, de esta falta de rumbo y concreción de objetivos, fue esa rechifla final. México, en su estadio y con su gente, se mostró como un país que, sencillamente, no está listo para el futuro que ya lo alcanzó.

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