El nuevo régimen se topa con su origen. Si no puede asentarse es porque nació como un proyecto personal; un movimiento, un partido, una coalición cuyo único cemento ha sido el caudillo que los fundó. El poder formal puede haber cambiado de manos, pero el hilo de la lealtad sigue siendo el mismo. Si el lopezobradorismo fue el nudo de la disciplina en el primer gobierno morenista, hoy se convierte en principio de discordia. Cuando el caudillo hablaba todas las mañanas la definición del rumbo era incuestionable. Un solo gesto lograba la fusión de todas las energías. Ahora que el caudillo calla en público se ha desatado la pelea de los intérpretes. Pienso, por supuesto, en los aliados que súbitamente se atreven a disentir y a propinarle dos derrotas seguidas a la Presidenta. Si el partido oficial los llama traidores ellos responden afirmando que portan la llama auténtica del movimiento. Pero pienso sobre todo en la rebeldía al interior de la secta. Eso parece más relevante para el futuro del nuevo régimen, aunque apenas se tracen en estos momentos las líneas de fractura. Los morenistas que discrepan de las directrices del partido invocan la enseñanza originaria del caudillo. Para la disidencia interior, son los ocupantes de las oficinas quienes se apartan de la doctrina y del ejemplo. Son los burócratas del partido quienes abandonan el barco.
Alejado de los reflectores, la figura del caudillo se convierte en trofeo en disputa. La pista institucional no resulta relevante cuando se busca la voz que mejor exprese el espíritu del fundador. Dos batallas se libran dentro del costal de Morena. La primera es la batalla de la proximidad. La segunda, de la interpretación. Ambos pleitos empezaron a expresarse abiertamente hacia finales del gobierno anterior y seguirán caldeándose en el futuro próximo. ¿Quién ha sido el más cercano, quién acompañó primero al caudillo? ¿Qué línea, qué política, qué discurso es más fiel a la causa del movimiento?
El origen de Morena es también una trampa porque su impulso inicial fue esencialmente corrosivo. Su estrategia política se concentró en desmontar todas las plataformas del orden institucional. Una desconfianza radical en la ley impidió tomarse en serio la configuración institucional de un nuevo régimen. La reforma judicial destruyó autonomía y profesionalismo, pero no levantó un nuevo principio de orden. Ese fue el patrón que se repitió en cada reforma: lejos de mejorar, fortalecer, refundar instituciones, se buscó erosionarlas o demolerlas. A pesar de la declaración de sus ambiciones históricas, la apuesta morenista ha sido siempre de corto plazo: destruir las instituciones heredadas y confiar en el vínculo directo entre el caudillo y el pueblo.