La sucesión en Sonora se adelantó. Y como toda carrera prematura, trae más ansiedad que certezas. Pero también deja ver, sin mucho esfuerzo, las líneas de poder que realmente importan.
Hoy, en la mesa solo hay tres nombres: Luis Donaldo Colosio, Antonio Astiazarán y Javier Lamarque. Lo demás es ruido. Y el ruido, en política, suele ser patrocinado.
Primera incisión: la sangre sí pesa.
Colosio no solo tiene apellido. Tiene historia compartida con el poder. Su cercanía con Alfonso Durazo no es coyuntural, es casi familiar. Viene desde los tiempos en que el hoy gobernador caminaba a la sombra del Colosio original. Esa relación no se improvisa ni se rompe por capricho electoral.
Y en política, la confianza no se construye… se hereda.
Segunda incisión: el resto no está en esa mesa.
Ni Astiazarán ni Lamarque forman parte del círculo íntimo del gobernador. Podrán tener estructura, discurso o territorio, pero no tienen lo esencial: la venia. Y en un estado donde el poder todavía se administra con lógica vertical, eso pesa más que cualquier encuesta.
Porque sí, las encuestas sirven… hasta que dejan de servir.
Tercera incisión: el tiempo también juega.
La gubernatura será de tres años. Un suspiro. Pero también una oportunidad quirúrgica: llegar, ejecutar y salir. Algo parecido a lo que en su momento hizo el viejo régimen cuando había oficio y prisa. Ahí está el ejemplo clásico: obra rápida, sello personal y proyección nacional.
No es casualidad que hoy se vuelva a mencionar ese modelo.
Colosio podría encajar perfectamente en ese esquema: una gubernatura corta como plataforma mayor. No necesariamente en Sonora está el destino final, sino en lo que venga después.
Cuarta incisión: el dinero… o la falta de él.
Aquí es donde la narrativa romántica se estrella con la realidad. No hay lana. Y no la habrá. Las finanzas federales están comprometidas y el margen de maniobra será cada vez más reducido.
Entonces la pregunta incómoda es simple:
¿cómo construir un gobierno de alto impacto sin recursos?
Magia política, deuda disfrazada o gestión extraordinaria. No hay muchas más opciones.
Quinta incisión: la guerra ya empezó.
Astiazarán no está esperando. Lleva dos años en campaña y no piensa bajarse. Los ataques contra Colosio —según el propio entorno del senador— no son casualidad. Son estrategia.
El argumento es básico pero efectivo: “no conoce Sonora” y “no fue buen alcalde”.
Nada nuevo. Pero útil.
Del otro lado, Colosio mide, calcula y decide. Tiene dos rutas: Sonora o Nuevo León. Y ese dato lo cambia todo, porque lo convierte en el único que puede elegir… mientras los demás solo pueden reaccionar.
Y en medio, una posibilidad que nadie descarta pero pocos desean: el acuerdo.
Pero el 2027 es demasiado tentador. Y en política, diferir el poder suele ser sinónimo de perderlo.
Última incisión: Durazo.
Colosio, obviamente, tiene el visto bueno del gobernador morenista Alfonso Durazo, que no quiere entregar el mando al alcalde de Cajeme, Javier Lamarque, quien sería el favorito de Palacio Nacional.
¿Cómo lo descarrilla sin pelearse con Claudia Sheinbaum?
Ya podría tener en marcha la estretegia.
Que tiene como meta México 2030.
Por lo pronto, se cazan apuestas.