La Presidenta quiere seguir cambiando la Constitución. Después de su primer fracaso, insiste en abrir la posibilidad de hacer campaña en la elección intermedia. Promover su permanencia en el puesto y empujar a los candidatos de su partido. Hoy se discute si logrará ese objetivo o volverá a ser derrotada por sus aliados. Se discute también el impacto que tendría esa modificación constitucional en las condiciones de la competencia. ¿Daría eso otra ventaja indebida al partido oficial? ¿Pondría a la Presidenta ante un riesgo innecesario?
La Presidencia se aloja en una fortificación temporal que, en principio, le permite planear una estrategia. Al introducir una prueba electoral a mitad del camino, el horizonte presidencial se comprime sustancialmente y de esa manera la probabilidad de tener un gobierno eficaz y estable. Pero ni siquiera en términos democráticos la revocación tiene sentido: ofrece sustituir al Presidente repudiado con una figura que no ha recibido respaldo alguno para ocupar la Jefatura del Estado. Una Presidencia impopular no daría origen a un reemplazo propiamente democrático sino a un relevo sin apoyo popular directo. Si el electorado se haría presente al despedir al Presidente, sería espectador en el proceso de reemplazo. ¿En qué sentido sería democratizador el que nos libremos de un Presidente que ganó una elección para que lo supla el político que designen las camarillas dominantes en el Congreso?
Como inyección de control popular sobre la Presidencia, el proceso es una farsa. Como pieza de ingeniería constitucional es mucho peor: un impedimento al sistema presidencial en condiciones democráticas. Es difícil imaginar, en una atmósfera pluralista, el funcionamiento de una Presidencia eficaz, con la amenaza de la revocación. Si el proceso de revocación no dispara hoy una enorme intranquilidad pública y una gran incertidumbre económica es porque hemos perdido condiciones de competencia. La revocación, tal y como se insertó en la Constitución, solo tiene sentido en condiciones de pluralismo restringido. Y en estas condiciones no puede ser más que un mecanismo de ratificación. Así fue en la primera edición: un proceso activado desde el poder para beneficio del poder.