Columna invitada

Por supuesto, Dos Bocas no es Texas

Columnas

Ya lo veo venir: ante una refinería en Texas que registró un accidente, en México no tardará en activarse ese reflejo tan propio del cuatroteísmo bananero, el de la justificación por espejo. “¿Ven? También allá pasa, dirán…” Y uno casi podría agradecer la honestidad involuntaria de ese argumento porque, en su simpleza brutal, queda expuesta la estrategia completa: no defender lo propio, sino diluirlo en lo ajeno; no explicar, sino empatar hacia abajo.

Por supuesto que en Texas, como en el resto del planeta, hay accidentes. Nadie que entienda mínimamente de industria energética —esa donde se trabaja con presión, calor, químicos y riesgos constantes— sostendría lo contrario. Las refinerías no son quirófanos suizos ni templos budistas de perfección espiritual. Son instalaciones complejas donde, incluso bajo los mejores estándares, ocurren fallas. Pero justamente ahí empieza la diferencia que el discurso 4T intentará borrar con una brocha bien, pero bien, gorda: no es lo mismo un accidente dentro de un sistema que funciona, que un sistema que empieza a parecer, en sí mismo, un gran accidente en cámara lenta.

Porque en Texas, cuando algo falla, lo que se rompe es la excepción, no la regla. El incidente en Estados Unidos —allí sí se le puede llamar así— irrumpe en un entorno que, con todas sus imperfecciones, está construido sobre protocolos, redundancias, auditorías, mantenimiento y, sobre todo, consecuencias. Consecuencias administrativas, institucionales y penales de verdad, no excusas o minimizaciones en las conferencias matutinas. Las empresas involucradas, así sean del Estado, enfrentan investigaciones, sanciones, demandas y un escrutinio que no se resuelve con una narrativa épica ni con un “vamos bien” o “exageran” o “solo fueron unas gotitas”. El accidente, en ese contexto, es una anomalía que activa mecanismos de corrección, no un síntoma que se intenta esconder bajo la alfombra del discurso.



En Dos Bocas, en cambio, los incidentes no sorprenden, más bien ya se van acumulando. Y cuando los eventos dejan de ser aislados y empiezan a formar una secuencia reconocible, lo que tenemos ya no es mala suerte, sino un patrón. No estamos ante una refinería que operaba con normalidad y sufrió de pronto un tropiezo; estamos ante un proyecto que desde su gestación arrastra sobrecostos, retrasos, ajustes improvisados y una sospechosa tendencia a presentar como “avances históricos” lo que en cualquier otro contexto se llamaría pendientes estructurales.

Pero claro, siempre queda Texas para consolarse. La diferencia no es técnica; es cultural. En Estados Unidos, la seguridad industrial no es una virtud moral, sino una imposición del entorno. Reguladores, aseguradoras, tribunales y mercados forman un ecosistema donde equivocarse sale caro, y donde repetir el error puede salir carísimo. No se trata de buena voluntad, sino de supervivencia. Las empresas no mejoran porque quieran, sino porque no pueden darse el lujo de no hacerlo.

En Dos Bocas, en cambio, la lógica fue otra desde el primer ladrillo o más bien, desde el primer discurso. No se trataba solo de construir una refinería, sino de materializar una promesa política, de convertir el cemento en símbolo y la obra en relato. La prisa por inaugurar, la opacidad en los contratos, los cambios sobre la marcha y la insistencia en declarar victorias donde apenas había avances no son anécdotas: son el ADN del proyecto. Y cuando el ADN de una obra es político antes que técnico, los problemas no son desviaciones; son consecuencias perfectamente coherentes con su origen.



Luego está el pequeño detalle de la transparencia, ese accesorio incómodo que suele estorbar cuando lo que se quiere es controlar el daño en lugar de entenderlo. En Texas, los accidentes se reportan, se investigan y se documentan con una crudeza que permite aprender algo más que eslóganes. La información circula, incomoda y obliga a corregir. En Dos Bocas, en cambio, la información aparece dosificada, minimizada o envuelta en explicaciones que parecen diseñadas más para consumo político que para diagnóstico técnico. Y ahí es donde la diferencia deja de ser de grado y se vuelve de naturaleza: un sistema que reconoce sus fallas tiene alguna posibilidad de corregirse; uno que las maquilla está condenado a convertirlas en rutina.

También conviene recordar algo que en la comparación se omite con notable disciplina: la trayectoria. Texas no improvisó su industria refinadora entre una elección y otra. La construyó durante décadas, acumulando experienciainfraestructura capital humano, cometiendo errores —sí—, pero también aprendiendo de ellos. Dos Bocas, por el contrario, nace como un proyecto nuevo, levantado a contrarreloj, en una zona complicada y bajo una presión política constante por demostrar que la narrativa era correcta aunque la realidad se resistiera a confirmarlo. Cuando un sistema maduro falla, suele corregirse; cuando uno improvisado falla, lo que hace es confirmar que la improvisación no era una etapa, sino el método.

Por eso el argumento de “también pasa en Texas” no solo es débil; es involuntariamente revelador. Porque lo que intenta ser una defensa termina siendo una confesión: la única manera de justificar Dos Bocas es compararla con aquello que, precisamente, no es. Sí, en Texas hay accidentes. La diferencia es que allá son anomalías dentro de un sistema que funciona, mientras que en Dos Bocas los incidentes empiezan a parecer el lenguaje natural de un proyecto que nunca logró decidir si quería ser refinería o propaganda.



No es lo mismo que falle una pieza en una maquinaria compleja, a que la maquinaria entera haya sido ensamblada con prioridades equivocadas. No es lo mismo enfrentar un problema para corregirlo, que administrarlo para que no arruine el relato. Y no, no es lo mismo Texas que Dos Bocas, por más que la comparación sirva para tranquilizar conciencias y sostener discursos.

Porque al final, Dos Bocas no inquieta por sus fallas aisladas, sino por la coherencia inquietante entre esas fallas y la forma en que fue concebida. Como si, en el fondo, no estuviera fallando… sino funcionando exactamente para lo que fue diseñada: no para refinar petróleo, sino para refinar excusas.

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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