En la política mexicana hay algo que nunca falla: los muertos políticos siempre encuentran la manera de resucitar, especialmente cuando se necesitan votos. Ayer fue día de apariciones… o más bien de reapariciones.
Primero volvió al Senado Manlio Fabio Beltrones, viejo zorro de la política mexicana, especialista en esos oficios que ahora Morena asegura detestar…, pero que misteriosamente siempre terminan siendo útiles para cuando llega la hora de operar.
Luego reapareció Miguel Ángel Yunes Linares, sustituyendo a su hijo, Miguel Ángel Yunes Márquez, en un espectáculo parlamentario que ya parece rutina: los Yunes turnándose el escaño como si el Senado fuera un negocio familiar. Todo muy institucional, desde luego…
Pero la escena es reveladora. Porque mientras el oficialismo presume que está transformando la vida pública, lo cierto es que cuando necesita votos o maniobras legislativas termina recurriendo a los manuales más clásicos del viejo régimen. Los mismos que juró enterrar…
Y ahí entra el maestro de ceremonias de esta coreografía parlamentaria: Ricardo Monreal.
El coordinador de Morena en la Cámara de Diputados decidió aplicar una de las técnicas favoritas del antiguo Congreso: mover diputados de comisiones hasta fabricar la mayoría necesaria para discutir la reforma electoral. No fue ilegal, pero tampoco muy ético.
En otras palabras: si los votos no aparecen, se reorganiza la mesa hasta que aparezcan. Es la vieja alquimia legislativa: convertir minorías incómodas en mayorías funcionales. De NADA les funcionó. Mientras tanto, el mensaje político desde Palacio Nacional tampoco se anda con rodeos. La presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro que aquí se puede disentir…, siempre y cuando se asuman las consecuencias. Traducción al español político: la libertad de opinión existe, pero la disciplina partidista también.
Y si alguien tenía dudas sobre cómo funciona esa disciplina, basta ver lo que ocurre dentro de Morena, donde personajes como Sergio Mayer han descubierto que disentir no es precisamente la mejor estrategia para conservar privilegios dentro del movimiento.
Por fuera, en cambio, el oficialismo se muestra mucho más flexible. Ahí está el caso del Partido Verde Ecologista de México, cuyo líder Manuel Velasco ya dejó entrever que algunos senadores podrían abandonar la bancada si la reforma electoral lo requiere.
Un detalle menor, dirán algunos. Un detalle muy revelador, dirán otros.
Porque en la política mexicana existe una vieja tradición: cuando un partido no puede apoyar algo oficialmente, siempre aparece un legislador dispuesto a hacerlo a título personal. Milagros parlamentarios, podríamos llamarlos. Así se construyen muchas mayorías en este país.
Y así se intentó construir también la que necesitaba el oficialismo para aprobar su reforma electoral. Lo interesante no es que fracasaron; lo interesante es cómo lo intentaron.
Porque una reforma electoral debería surgir del consenso político más amplio posible. Al final de cuentas, se trata de definir las reglas del juego democrático.
Pero lo que estuvimos viendo es algo distinto. Operadores reciclados. Ingeniería legislativa. Presiones políticas que aparecen y desaparecen según convenga. En resumen: el viejo manual de la política mexicana funcionando a plena capacidad.
Lo irónico es que todo esto ocurre en nombre de la transformación. La misma transformación que prometió acabar con las mañas del viejo régimen, pero que ahora parece haber descubierto algo incómodo: que cuando se trata de cambiar las reglas del poder, las viejas mañas pueden ser útiles.
Porque en México los regímenes cambian. Las mayorías también. Pero los trucos parlamentarios…, esos son patrimonio cultural de la nación.