El mismo día que Claudia Sheinbaum aterrizó en Sinaloa para hablar de seguridad y avances, a Rubí Patricia Gómez-Tagle la estaban asesinando en su casa en Mazatlán. Intento describir esa imagen sin que se me fracture algo por dentro: ella, madre buscadora, integrante de Corazones Unidos por una Misma Causa. La mujer que llevaba meses escarbando la tierra para encontrar a su hijo desaparecido; ella, que había aprendido a distinguir el olor de la muerte bajo el polvo; ella, que convirtió el dolor en lucha colectiva. La encontraron con heridas de arma blanca, en la sala de su vivienda. Mientras tanto, en el universo paralelo de Morena estaba el templete. Los micrófonos. Los acarreados. El discurso.
Hace poco, una madre buscadora me contó que durante una gira en Coahuila logró acercarse a la Presidenta. Le habló de las reuniones suspendidas en Gobernación. Le reclamó que llevan más de un año esperando un diálogo real, directo, sin intermediarios con ella. Le reclamó que solo usan a los colectivos para legitimar anuncios que no resuelven lo esencial. La Presidenta le pidió su teléfono. Sigue esperando la llamada.
Las madres buscadoras no solo pelean contra la tierra y el silencio y el desdén; ahora también pelean contra el borrador administrativo del Estado. Denuncian que el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas está siendo “depurado” bajo criterios opacos que permiten reclasificar, suspender o dar de baja casos sin una localización plenamente acreditada. Carpetas abiertas se convierten en pretexto para sacar nombres del conteo; coincidencias mínimas o revisiones incompletas bastan para alterar cifras. Y frente a la crisis, el gobierno responde envolviéndose en la bandera de la soberanía y acusa intervencionismo cuando el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU busca llevar el tema a instancias mayores.
La desaparición es el crimen que define a los regímenes autoritarios/militarizados: la sombra de Pinochet en Chile, la noche interminable de la junta argentina, el terror sistemático de Stroessner. La desaparición es el paradigma del crimen perfecto: no hay cuerpo, no hay certeza, no hay final. El tiempo se queda detenido en el instante en que alguien no regresó. Es más cruel que la muerte porque suspende el duelo. Porque obliga a vivir en una espera interminable.
Cada vez que la Presidenta no se reúne con las madres buscadoras, las obliga a seguir sobreviviendo así. Cada vez que prioriza la narrativa del éxito en seguridad y la disminución de los homicidios sobre la crisis de desapariciones, vuelve a invisibilizarlas. Y cuando una de ellas es asesinada -como Rubí- el mensaje es atroz: en México pueden matarte por buscar. En México una desaparición parece menos grave que un asesinato, porque al gobierno le importa más la bala contabilizada que la ausencia sin fin.
Rubí salió a excavar para encontrar a su hijo. Nadie actuó a tiempo para salvarla a ella. Eso es la moral al revés: celebrar curvas descendentes mientras las fosas se ensanchan; hablar de paz mientras las madres caminan con varillas en la mano; proteger la soberanía mientras se desprotege la vida. México está lleno de madres que mueren dos veces. Primero cuando sus hijos desaparecen. Y después cuando gritan y nadie las escucha. O alguien las asesina por buscar.