México amaneció esta semana con una escena que parece sacada de una revista de sociales, pero que en realidad funciona como radiografía del país. En Tabasco, un proveedor vinculado a contratos de Petróleos Mexicanos organizó para su hija una fiesta de XV años con producción de espectáculo y artistas internacionales como Belinda y J Balvin. Hubo escenario, luces, logística de concierto y todo lo que suele acompañar el lujo tropical de los nuevos ricos del petróleo. Las redes sociales reaccionaron como siempre: indignación breve, sarcasmo instantáneo y luego el clásico encogimiento de hombros nacional. Pero la fiesta no es el escándalo. El escándalo es el ecosistema económico que la hace posible.
Porque mientras en Tabasco se pagan conciertos privados, la empresa petrolera del Estado mexicano atraviesa una de las peores crisis financieras de su historia. Petróleos Mexicanos arrastra hoy una deuda cercana a los 85 mil millones de dólares, la mayor entre todas las petroleras del planeta. A ello se suma una deuda con proveedores que supera los 430 mil millones de pesos. Medio billón de pesos que la empresa simplemente no ha podido pagar. En términos prácticos, Pemex funciona hoy como un deudor crónico que sobrevive refinanciando compromisos. Cuando no puede pagar, patea el problema hacia adelante con nuevos esquemas financieros. Cuando eso tampoco alcanza, interviene el Estado mexicano. Y cuando interviene el Estado mexicano, intervienen los contribuyentes. Yo, entre ellos.
Durante el actual ciclo político, el gobierno federal ha transferido a Pemex más de dos billones de pesos en apoyos fiscales y financieros (DOS BILLONES). El resultado de ese rescate monumental no ha sido una empresa saneada, sino una acumulación gigantesca de pérdidas.
En los últimos años la petrolera ha registrado pérdidas acumuladas superiores a 1.8 billones de pesos. En otras palabras, fiesta privada, deuda pública. Un modelo en el que el dinero público mantiene viva a una empresa que produce menos petróleo y más pasivos.
Este giro histórico explica por qué el petróleo dejó de ser una bendición fiscal y empezó a convertirse en un problema estructural. Durante décadas México construyó buena parte de su presupuesto apoyado en ingresos petroleros. Hoy ocurre exactamente lo contrario: el petróleo ya no paga al país. El país paga al petróleo. Los recursos que antes financiaban el gasto público ahora se destinan a rescatar a la propia empresa petrolera. Y mismo eso, SIN éxito.
La producción nacional ronda actualmente 1.6 millones de barriles diarios, muy lejos de los niveles históricos y por debajo de las metas prometidas durante años de propaganda energética. Mientras tanto, el número de plataformas activas, pozos perforados y proyectos de exploración se ha reducido de manera sostenida. La maquinaria petrolera mexicana se está oxidando lentamente.
A pesar de ello, el gobierno de AMLO y el de ahora de Claudia Sheinbaum ha apostado miles de millones a proyectos cuya viabilidad económica sigue siendo profundamente discutida. El ejemplo más visible es la refinería Olmeca en Dos Bocas, presentada originalmente como una obra de 8 mil millones de dólares y cuyo costo real ya rebasa los 20 mil millones. La Auditoría Superior de la Federación ha documentado pagos en exceso e irregularidades en su construcción, mientras la división de refinación de Pemex continúa registrando pérdidas multimillonarias. En otras palabras, ¿qué se ha hecho al respecto? Nada. Solo en un año, el sistema de refinación llegó a perder alrededor de 14 mil millones de dólares. Es decir, México invierte miles de millones en refinar petróleo… para perder dinero refinándolo. ¿Qué más representativo de ello que Regeneración Nacional?
Las cifras financieras ya serían preocupantes por sí mismas, pero la historia se vuelve todavía más inquietante cuando se observan los escándalos de corrupción que rodean a la empresa. El gigantesco fondo soberano de Noruega decidió retirarse de Pemex citando riesgos graves de corrupción asociados a la petrolera. Investigaciones judiciales en Estados Unidos han revelado redes de sobornos en las que empresarios pagaban relojes de lujo, bolsas de diseñador y dinero en efectivo para asegurar contratos multimillonarios. A ese drenaje se suma el robo de combustibles, el famoso huachicol, que ha provocado pérdidas estimadas en decenas de miles de millones de dólares entre combustible robado y recaudación fiscal perdida.
Es decir: una empresa con deuda récord, pérdidas recurrentes, producción decreciente, proyectos inflados y escándalos de corrupción documentados. Y aun así, en ese ecosistema petrolero florece una economía paralela de privilegios. Mientras Pemex se endeuda, alguien gana contratos. Mientras el Estado rescata a la empresa, alguien cobra facturas. Mientras el país absorbe las pérdidas, alguien celebra.
La fiesta de XV años en Tabasco no es una anomalía. Es una metáfora. Hay además un comentario que empieza a escucharse con creciente frecuencia en círculos financieros y energéticos: la discusión real dentro del gobierno ya no es cómo rescatar a Pemex, sino cuánto tiempo más puede sostenerse este modelo sin poner en riesgo las finanzas públicas del país. El dilema dejó de ser petrolero. Ahora es fiscal.
Bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador —y ahora bajo el de Claudia Sheinbaum— la defensa de Pemex se convirtió en bandera ideológica. Criticar a la petrolera estatal se presenta como ataque a la soberanía energética. Pero las finanzas tienen la desagradable costumbre de ignorar la propaganda. Una empresa con deuda récord, pérdidas recurrentes, producción estancada y dependencia creciente del erario no es un símbolo de soberanía. Es un grave riesgo fiscal.
Por eso la fiesta de XV años en Tabasco debería indignarnos menos por su ostentación que por lo que revela. En México existe una empresa petrolera que pierde dinero de manera sistemática mientras genera riqueza considerable para quienes viven alrededor de sus contratos.
La empresa se endeuda. El Estado la rescata. Los contribuyentes pagan. Y alguien de Morena se hace putrimillonario. En algún punto del circuito siempre aparece alguien celebrando.
La imagen final es demasiado perfecta para ignorarla. Mientras el Titanic petrolero mexicano se hunde lentamente entre deudas, subsidios y decisiones políticas equivocadas, en la cubierta superior todavía hay música, luces y celebraciones.
Mientras Pemex se hunde, la fiesta sigue.