Donald Trump nos recetó el ostracismo regional, bien y bonito. Pero, en realidad, el primero en aislar a México fue Andrés Manuel López Obrador. Durante seis años prefirió la política exterior del club ideológico: abrazar a Cuba, Nicaragua o Venezuela y mirar con desconfianza cualquier cooperación con los países que sí tienen capacidad real para enfrentar problemas comunes.
Hay un tiempo para todo. Y el tiempo de México —un país asediado por el crimen organizado— debería ser el de cooperar.
Cooperar no significa genuflexión ni sumisión. No significa regalar petróleo a Cuba mientras Pemex se hunde financieramente y sus proveedores mexicanos sobreviven con dificultades. Cooperar significa algo mucho más elemental: construir alianzas que permitan resolver problemas que ningún país puede enfrentar solo.
Eso es, en teoría, lo que se espera de cualquier jefe de Estado: buscar mejores condiciones para la nación que gobierna. En teoría.
Porque cuando se gobierna desde la ideología, no desde el interés nacional, ocurre lo que estamos viendo: se prefiere perder el control del territorio antes que aceptar colaboración internacional. Se rechaza cualquier cooperación militar o de inteligencia, incluso cuando el crimen organizado controla regiones completas del país.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué soberanía se defiende exactamente? ¿La soberanía de un país sembrado de fosas clandestinas? ¿La soberanía de territorios donde el crimen decide quién gobierna? ¿La soberanía donde policías y autoridades locales aparecen en la nómina de los cárteles?
La línea entre soberanía y abandono del Estado es muy delgada. México necesita cooperación internacional. No intervención, no subordinación: cooperación. La alternativa es permitir que las organizaciones criminales continúen expandiendo su poder, sus rutas y sus negocios.
Aun así, desde Palacio se celebró con orgullo el “decir que no”. Decir que no… ¿a la cooperación para combatir a los narcotraficantes?
La respuesta llegó el sábado. Donald Trump convocó una reunión regional para coordinar acciones contra el narcotráfico y dejó claro algo que en México se prefiere ignorar: para Washington, el epicentro del problema está aquí.
Y cuando un país se niega sistemáticamente a cooperar para enfrentar a los cárteles, la consecuencia lógica es sencilla: no lo invitan a la mesa donde se discute cómo combatirlos.
Entre los países ausentes había algunos previsibles. Nadie esperaba ver a Cuba o Nicaragua. Tampoco sorprendió demasiado la ausencia de Venezuela, aunque llamó la atención el silencio de la vicepresidenta Delcy Rodríguez; algunos sugieren que simplemente se evitó la incomodidad de invitarla mientras persisten órdenes de arresto en Estados Unidos.
Pero lo verdaderamente significativo fue otra cosa: tampoco fueron invitados México, Brasil ni Colombia. La explicación fácil es decir que sus gobiernos son de izquierda. La explicación incómoda es otra: que el poder del narcotráfico en esos países es demasiado evidente como para ignorarlo.
En el caso mexicano, además, la negativa a cooperar ha sido constante. Tibia, evasiva, disfrazada de soberanía. O, como se dijo alguna vez desde el poder, “orgullosamente, no”.
Ese rechazo tiene costos diplomáticos evidentes. México aparece cada vez más señalado como epicentro del narcotráfico y como un socio poco confiable en la lucha contra el crimen transnacional.
En ese contexto surge el llamado “Escudo de las Américas”, una estrategia impulsada desde Washington que pretende coordinar esfuerzos contra los cárteles. Paradójicamente, Estados Unidos ya ha colaborado antes con inteligencia que permitió capturas importantes —como la de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho—.
La pregunta es inevitable: si esa cooperación existe y funciona, ¿por qué no fortalecerla?
¿Por qué no enfrentar juntos a las organizaciones criminales que operan desde México hasta Europa?
En lugar de eso, lo que vimos fue el intento de organizar una especie de anticumbre telefónica con el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Más que una reunión estratégica, pareció el berrinche diplomático de dos países que quedaron fuera de la conversación principal.
Pero ya conocemos el libreto. Todo se explicará como culpa de Washington, del imperialismo, de los yanquis.
Un argumento familiar: es exactamente la narrativa que el régimen cubano ha utilizado durante seis décadas para justificar su fracaso.
Lo que parece no entenderse en Palacio es algo elemental: el crimen organizado que opera en México ya no es un problema nacional. Es una red global que mueve drogas, armas y dinero por varios continentes. Ningún país puede enfrentarlo solo.
La 4T, por no contradecir la estrategia de López Obrador, dejó pasar siete años de expansión del narcotráfico. Siete años en los que el poder de los cárteles creció mientras el discurso oficial repetía que “abrazos, no balazos”. De eso se habla poco.
Ahora resulta más cómodo criticar al “loco yanqui”. Puede serlo. Pero su excentricidad no borra algo mucho más grave: la complacencia sistemática del gobierno mexicano con el narcotráfico. Ni tampoco las múltiples historias —cada vez menos discretas— sobre vínculos entre políticos de Morena y organizaciones criminales.
Y así, en lugar de buscar cooperación real, el gobierno mexicano prefiere mirar hacia Brasil. Justo hacia otro país que hoy tampoco destaca precisamente por la eficacia de su gobierno.
Giro de la Perinola
Se espera que la presidenta mexicana visite Brasil entre junio y julio. Ojalá que ningún “genio” de la estrategia diplomática decida programar ese viaje en pleno Mundial.
México es anfitrión de la Copa del Mundo. Y aunque la presidenta no quiera asistir al partido inaugural, hay algo elemental que no debería olvidar: cuando tu país organiza la fiesta, simplemente no puedes desaparecer de la casa.