En lo que va de este 2026, hemos visto derrumbarse al chavismo con la extracción de Nicolás Maduro, con un gobierno venezolano postrado a los pies de Estados Unidos; estamos viendo cómo agoniza el régimen cubano, incapacitado, después de 67 años de gobierno, de garantizar siquiera los alimentos básicos para la población; y estamos viendo cómo la teocracia iraní ha perdido a su líder, el terrible ayatola Alí Jamenei, y a prácticamente toda la cúpula del gobierno, enfrentada no sólo con Israel y Estados Unidos, sino con prácticamente todos los países árabes. En unas pocas semanas, tres gobiernos aliados, que se apoyaron recíprocamente, que participaron en más de un movimiento desestabilizador, están derrumbándose.
México, que ha sido muy cercano a esos tres gobiernos, no termina de tener respuestas que vayan más allá de la lógica de una competencia de Miss Universo: pedir por la paz mundial (ni modo, Jesús Ramírez debe seguir redactando esos comunicados) o quejarse porque la ONU no frena estos enfrentamientos (desde la primera guerra de Irak, hace 35 años, ha dejado de hacerlo), sin capacidad de adaptarse a un mundo cambiante donde se está imponiendo un nuevo orden geopolítico global, con el que podemos o no estar de acuerdo, pero que sienta las relaciones internacionales sobre nuevos paradigmas.
Más allá de la relación con Cuba, una de las que más inquieta en Washington es la establecida con Venezuela e Irán, y la relación de éstos con grupos como Hamás y Hezbolá. En la historia común de México con estos países hay dos historias en las que hemos insistido muchas veces, pero que siguen sin respuesta. Una fue la denuncia de un atentado organizado por la Guardia Revolucionaria iraní contra la embajadora de Israel, Einat Kranz-Neiger, a finales de 2024, que se frustró por actividades de inteligencia de Estados Unidos, Israel y México. Nunca hubo mayor información.
En 2022 y 2023 le contamos aquí la extraña historia del 747-300M Dreamliner de carga, que fue propiedad de la empresa iraní Mahan Air y cuando ésta fue sancionada por fomentar actos terroristas fue entregado a la venezolana Emtrasur (filial a su vez de la estatal venezolana Conviasa), y de sus largas estadías en territorio mexicano antes de ser decomisado por Estados Unidos.
El avión iraní-venezolano, antes de su último viaje, en 2022, estuvo varios días en el aeropuerto de Querétaro, en México, nunca se supo por qué ni qué carga depositó y transportó. Su destino era Buenos Aires, en Argentina.
De los 20 tripulantes, ocho eran de la Guardia Revolucionaria Iraní, considerada un grupo terrorista por la Unión Americana, el avión era venezolano, así como 12 tripulantes, pero en realidad habría sido cambiado de matrícula porque era originalmente un avión de la misma Guardia iraní reportado como terrorista por la OFAC estadunidense.
Ese avión, con una tripulación ligada a la Guardia Revolucionaria Iraní, no tuvo control alguno durante los varios días que estuvo en Querétaro, recibió una carga (autopartes) que era sospechosamente pequeña para un avión de esa magnitud, y partió hacia Argentina, donde fue detenido precisamente porque era un avión denunciado por Estados Unidos.
El avión debió haber sido retenido en México: estaba boletinado por autoridades aeronáuticas y por la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC), con la que México mantiene una relación particularmente estrecha. Era propiedad de la compañía estatal venezolana Conviasa, que está en la lista negra de la OFAC que, como se sabe, elabora un listado de personas y empresas con las cuales está prohibido operar, basada en lo que considera una amenaza para la seguridad nacional de la Unión Americana.
La Guardia Revolucionaria Iraní y su grupo de élite, llamado Qduas, están en esa lista, y son considerados agentes terroristas, por los atentados que han cometido en distintas partes del mundo, incluyendo dos, brutales, en Buenos Aires. El avión era propiedad de una empresa iraní que también está en esas mismas listas, porque se considera que vende y aprovisiona ilegalmente de armas a organizaciones terroristas.
Todos esos datos constan en las listas que cotidianamente utilizan y supervisan los gobiernos, como la de OFAC. Nunca se debió permitir el ingreso a nuestro país de ese avión, no se podía comerciar con él ni tampoco aprovisionarle combustóleo, se debería saber que, por lo menos los ochos miembros iranís de su tripulación, eran miembros de la Guardia Revolucionaria, porque estaban denunciados como tales y que el comandante era un miembro activo de la misma, hermano, además, del ministro del Interior de Irán.
Tan pública era esa información, que el avión, partiendo de Querétaro aterrizó primero en la ciudad de Córdoba, Argentina, y no fue surtido de combustible porque sabían que estaba boletinado por la OFAC. Se dirigió a Buenos Aires donde tampoco fue aprovisionado, por eso trató de llegar a Montevideo. Pero el gobierno de Uruguay no le permitió aterrizar y regresó a Buenos Aires, donde por la denuncia que recibieron fiscales y jueces, terminó siendo retenido, tanto el aparato como sus tripulantes. Y tiempo después expropiado y enviado a Estados Unidos.
Se reconstruyó el itinerario de ese avión antes de volar de Querétaro a Buenos Aires. En apenas tres semanas antes de su detención, había estado cinco veces en Caracas, cuatro en Teherán (capital de Irán), dos en Ciudad del Este (en la triple frontera en Paraguay), dos en Belgrado (Serbia), una en Moscú y otras dos en Querétaro.
Ese solo itinerario de vuelos lo volvería altamente sospechoso. En México hacemos como si no hubiera pasado nada.