La presidenta Claudia Sheinbaum salió, en su mañanera de ayer lunes, a cuestionar indirectamente los ataques de Estados Unidos y de Israel a Irán, que culminaron con la muerte del ayatolá Alí Jamenei y su círculo más cercano. Lo hizo criticando que las Naciones Unidas no ejerzan el rol para el que fueron creadas y desdeñen su papel de mediadores para garantizar un piso parejo a los conflictos globales.
Esta es la tercera ocasión, en dos meses, en que la inquilina de Palacio Nacional se confronta ideológicamente con los intereses norteamericanos y, peor aún, con las posturas de su homólogo, el impredecible Donald Trump.
Lo hizo al censurar a Estados Unidos en su intromisión a Venezuela con la captura del dictador Nicolás Maduro. La vicepresidenta -también de izquierda- Delcy Rodríguez ya se arregló con el presidente Trump para ser la mandataria interina, pero la inquilina de Palacio Nacional continúa censurando el ataque a la soberanía venezolana que ni la número dos de Maduro reclama. Está sentada en esa silla por obra y gracia de su negociación con Estados Unidos.
Vino luego el jaloneo entre México y la Casa Blanca por el envío de petróleo y la ayuda humanitaria a Cuba, que la mandataria continúa defendiendo a capa y espada en los mismos días en que Raúl Guillermo Rodríguez Castro -nieto de Raúl Castro- esta sentado a la mesa con el Departamento de Estado negociando que no le apliquen a la Isla la “Ley Maduro” y se vayan sobre los descendientes de Fidel Castro.
Y ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum sale en su mañanera de ayer para cuestionar la validez o no del ataque a Irán, cuando el mismo presidente Donald Trump ya anunció que los herederos del ayatolá victimado ya se le acercaron para negociar.
En pocas palabras, en los casos de Venezuela, Cuba e Irán, la inquilina de Palacio Nacional se está comportando más papista que el Papa.
Aclaramos que no estamos discutiendo si la presidenta Claudia Sheinbaum tiene o no razón al cuestionar. Algunas pueden ser críticas legítimas analizadas desde cierto contexto. Otras, la mayoría, vienen acompañadas de una fuerte carga ideológica y están fuera de lugar. Sobre todo, cuando en la lista de espera del ajuste de cuentas con Estados Unidos, está el nombre de México y de su gobierno.
Lo que tratamos de advertir es que, si alguien no puede ni debe fajarse con guantes frente a Estados Unidos y al presidente Donald Trump, esa es la inquilina de Palacio Nacional. México, el país que gobierna, tiene muy graves y crecientes problemas que la enorme vecindad nos genera: seguridad, drogas, armas, migraciones y libre comercio. Las presiones para que el país que gobierna Claudia Sheinbaum se solucionen no son compatibles con los cuestionamientos que ella hace sobre el hacer y quehacer de Estados Unidos en sus planes de defensa, frente a naciones que considera son una amenaza a su seguridad. Venezuela, Irán, Cuba y por supuesto México, lo son. En mayor o menor escala, hay pendientes sin resolver.
Si uno se asoma a lo que en estos días declaró el presidente Donald Trump sobre el por qué se rompió la ruta diplomática con Irán, se podrá contemplar un efecto espejo para México. El inquilino de la Casa Blanca dice que se cansó “de hablar, hablar y hablar” durante años con el gobierno de Irán, sin resultados concretos. Incluso envió, en días recientes, a su yerno Jared Kushner a encabezar las fallidas negociaciones para evitar la confrontación. Todo fue inútil. Estamos en la antesala de una Tercera Guerra Mundial, si no se moderan los ánimos y se ponen sobre la mesa soluciones sensatas -de ambas partes- para cerrar la posibilidad de que la teocrática Irán se instale en nombre de Alá como una más de las amenazantes potencias nucleares.
Toda proporción guardada, el presidente Donald Trump ya se cansó de “hablar, hablar y hablar”, en este -su primer año- con el gobierno de Claudia Sheinbaum. La captura y supuesta muerte de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes -alias “El Mencho”- es apenas un respiro, que dicho sea de paso, no se le reconoce a la mandataria mexicana, a quien su homólogo norteamericano no sólo no felicitó por esa captura, sino que la hizo suya, propiedad de él y de Estados Unidos. Ningún reconocimiento al gobierno de México ni a su presidenta en su discurso del Estado de la Unión del 24 de febrero, en el Capitolio, de cara al Congreso norteamericano.
La información estratégica y táctica para la captura de “El Mencho” fue entregada por los órganos de inteligencia norteamericanos a los jefes del Comando Norte de los Estados Unidos que concretaron todo el operativo con la Secretaría de la Defensa.
Ni la presidenta Claudia Sheinbaum, ni su círculo más cercano, fueron involucrados en esa captura en Tapalpa, Jalisco. La razón fue simple. Los altos mandos norteamericanos temían que, desde Palenque, su antecesor le ordenara liberar a “El Mencho”. Tenían el antecedente de lo que ocurrió el 17 de octubre de 2019, con la captura y escandalosa liberación de Ovidio Guzmán, el hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán. La orden en aquel entonces vino del mismo presidente Andrés Manuel López Obrador. Él mismo la aceptó en una conferencia mañanera.
Por eso, la presidenta Claudia Sheinbaum debe de ser más cauta con sus cuestionamientos hacia Estados Unidos. Porque el gobierno de la Cuarta Transformación ni tiene cara para plantarse, ni tiene calidad moral para rasgarse las vestiduras de una falsa “soberanía” que está infestada de olores a fentanilo, a huachicol fiscal y huachi-diésel, y a tráfico de migrantes.
Si a eso le sumamos la fragilidad en las inminentes negociaciones del tratado comercial con Estado Unidos, no hay duda que se le están dando patadas al pesebre. Cuidado con intentar ser candil de la calle, cuando somos oscuridad en la casa.