Qué escena tan desconcertante, tan contradictoria. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, vi a la primera presidenta de México vestida de morado, hablando de la llegada de las mujeres al poder, de la igualdad, de los avances históricos. Pero a su alrededor no había feministas, ni activistas, ni madres buscadoras. Había militares. Filas de uniformes verde oliva, condecoraciones, rigidez marcial en el Campo Marte. Cerca de ahí, Palacio Nacional protegido por vallas. Y afuera, a unos metros de distancia, miles de mujeres marchando, protestando, reclamando.
Entiendo la emoción de quienes celebran que México tenga por primera vez a una Presidenta. Durante décadas luchamos para abrir ese espacio. Durante décadas denunciamos el techo de cristal que impedía a las mujeres llegar a los puestos de poder. Durante décadas insistimos en que la democracia también debía ser paritaria. Pero ocupar el cargo no es lo mismo que transformarlo. No basta con cambiar el rostro del poder si no cambian las reglas del poder.
Hasta ahora, Sheinbaum gobierna de una manera inquietantemente parecida a la de AMLO, con prioridades parecidas. Programas sociales, transferencias, becas con nombres de mujeres famosas. Un Estado paternal que reparte apoyos mientras concentra decisiones y escucha sólo a quienes votan por o militan en Morena. Una política convertida en escenografía: ceremonias, discursos, símbolos cuidadosamente elegidos. Mucha narrativa. Mucha puesta en escena. Mucho bombo y platillo con la secretaría de la Mujer y la promoción de “la política exterior feminista”. Y poco cambio estructural.
Las cifras lo confirman. Feminicidios que no disminuyen. Desapariciones que se multiplican. Investigaciones que no avanzan. Familias que buscan. Madres que excavan la tierra con palas y con las manos. Mientras tanto, el gobierno se envuelve en el color morado, en una versión 4T del pinkwashing. El término describe cómo gobiernos o empresas se apropian del lenguaje del feminismo para proyectar una imagen progresista mientras dejan intactas las estructuras de desigualdad, los patrones de violencia. Aquí podríamos llamarlo lavado morado: vestirse de morado, repetir consignas feministas, hablar de igualdad, pero sin tocar las raíces del problema.
Porque el feminismo no se mide por los discursos del 8 de marzo. Se mide por la seguridad de las mujeres el 9 de marzo. Y el 10. Y el 11. Vivas nos queremos. Ese es el centro de todo. No las ceremonias, no los símbolos, no las fotografías desde el balcón del poder. Las mujeres marchan porque tienen miedo. Porque están hartas. Porque saben que en este país salir a la calle puede ser una sentencia. Porque saben que la impunidad es la regla. Celebrar la llegada de una mujer al poder mientras se ignora esa realidad no es feminismo. Es simulación. Es propaganda. Es lavado morado.