El populismo, sea imperial o provinciano, es la victoria del gesto sobre la consecuencia. Sabemos bien que el populismo se desentiende de la verdad, que se obsesiona con la representación del conflicto, que es hábil en la agitación de las emociones. Por eso no hay espacio ahí para considerar los efectos probables de la acción a lo largo del tiempo. Política de lo inmediato, el populismo busca la conmoción constante. El gesto captura su estrechísimo horizonte. Puede encontrar sustento en mitos ancestrales, en la historia remota, pero el futuro no toma vuelo. La decisión se produce como un espectáculo que se agota pronto. Puede ser un discurso rompedor, el hachazo que tira una institución, la humillación pública o una intervención militar. La política, desde la trivial a la mortífera, se convierte en producción de contenido.
La guerra misma se piensa como un gesto. Un espectáculo breve e impactante que sacude al mundo y ha de entregar una victoria inmediata. Una demostración de poder sin restricciones. Llama la atención que, lejos de enfatizar la perversidad del régimen iraní, el mensaje que se proyecta es el de la fuerza imbatible. El gobierno de Trump produjo un show de precisión letal que habría de concluir en unas cuantas jornadas con la declaración de la victoria definitiva. Una guerra breve proyectada al mundo en tiempo real. Pero, si algo entienden los que han estudiado la guerra a lo largo de la historia es que es cualquier cosa menos un golpe de martillo. Toda guerra desencadena una serie de efectos impredecibles. Pero el populista que, al mismo tiempo, encarga al pueblo olvidado y al imperio, une la soberbia a la ignorancia.
La intervención militar en Irán es estampa del trumpismo y de todos sus primos de derecha y de izquierda. El populista está convencido de que existe lo que nombra. Piensa que lo que declara es lo que consigue. Será por eso, por ser ciego a la secuencia, que en el populismo se percibe tan poca seriedad en la producción de los efectos. Concentrado en la escenificación de pleitos, enterramientos y fundaciones, no presta atención alguna al método, no escucha la experiencia, no planea para la continuidad de una política en el tiempo. Ahí está la clave de su engaño: el gesto no es constitutivo de la realidad por bien que se haya producido.