Aún no conocemos realmente la propuesta de reforma electoral de la presidenta Sheinbaum. Conocemos unas cuantas láminas de powerpoint y un par de discursos. El texto concreto de la iniciativa permanece oculto. Pero lo que conocemos por esas diapositivas y las explicaciones oficiales nos permite conocer las intenciones presidenciales: modificar el mecanismo de representación en ambas Cámaras, abaratar las elecciones, dar nuevos poderes a los órganos electorales para restringir lo que los electores pueden ver, oír, leer. Se trata de una reforma compleja que tiene, a diferencia de la reforma judicial, sus claroscuros. Hay propuestas razonables, otras preocupantes. No suponen un cambio de régimen, sino un ajuste de régimen. Una reforma dentro del autoritarismo que continúa el debilitamiento de las instituciones arbitrales, que refuerza el paternalismo electoral y que impulsa la sobrerrepresentación del partido hegemónico en el Senado.
Eliminar las listas cerradas que permitían aberraciones como la que representaba este seguro del que han disfrutado los dueños de los partidos y pasar a un mecanismo que recoja la voz de las minorías de entre los candidatos que hayan tenido mejor desempeño electoral sanearía el dispositivo de premios y castigos. Debe advertirse que un cambio como el que propone Sheinbaum disminuiría el ascendiente del Ejecutivo dentro del Congreso. No puede ignorarse que las listas eran, para el Ejecutivo, un puente para colocar fichas cercanas en la legislatura. De aprobarse la reforma, la Presidenta carecería, en los tres últimos años de su gobierno, de negociadores cercanos dentro de la Cámara de Diputados.
Es importante reconocer que la iniciativa no disminuye el porcentaje de proporcionales. Sin embargo, tomando en cuenta la formación de un régimen hegemónico, las distorsiones de la representación podrían ser enormes con este mecanismo que premia a los mejores segundos. Lo que se ha dado a conocer no aclara cómo se asignarían esos asientos. Lo que resulta preocupante es lo que se plantea para el Senado. Se invoca el principio antiguo de la igualdad de cada estado en la asamblea federal para justificar lo que sería una inadmisible sobrerrepresentación del partido mayoritario. Quitar esa franja de senadores que permite reflejar las preferencias de los electores llevaría a la supresión de la pluralidad en esa Cámara. Un Senado sin correspondencia alguna con la voluntad ciudadana.
La ingeniería electoral es compleja. Preocupa la falta de seriedad de la Presidencia que difunde una propuesta electoral aún vaga con discursos y láminas.