Columna invitada

Gobernar con pasión y responsabilidad en la era de la recomposición global

Columnas

Cada día con más frecuencia, analistas, estudiosos del poder y gobiernos se cuestionan qué está realmente pasando en el mundo y hacia dónde nos dirigimos. La pregunta constante y sin respuesta clara es dónde terminará esta dinámica geopolítica y hacia dónde nos llevará en las sociedades que aspiramos a fortalecer nuestra democracia, nuestras libertades y nuestras oportunidades de desarrollo.

A partir de finales de enero de 2025, con la asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, comenzó a reconfigurarse el sistema internacional. La nueva política exterior norteamericana colocó a ese país en el centro de la redistribución del poder económico, político y militar en el mundo.

Lo que inicialmente se presentó como una estrategia de tarifas comerciales y aranceles orientada a fortalecer la economía interna estadounidense terminó por convertirse en un instrumento geopolítico de influencia y control a gran escala. Washington aplicó aranceles a numerosos países y regiones, incluidos socios comerciales tradicionales, con el objetivo de redefinir las condiciones del comercio internacional y fortalecer su capacidad de negociación. Como consecuencia, se abrió una intensa agenda de negociaciones multilaterales y bilaterales que todavía continúa. Diversos países han tenido que replantear sus acuerdos comerciales originales con Estados Unidos y redefinir su inserción en la economía global.



América Latina y la agenda de seguridad continental

El énfasis de la estrategia estadounidense se desplazó también hacia el continente americano. Bajo el argumento de fortalecer la democracia regional y combatir al crimen organizado, Washington impulsó una agenda política y de seguridad que ha modificado el equilibrio regional.

En ese contexto, el 7 de marzo de 2026, Trump formalizó en una cumbre en Miami la iniciativa denominada “Escudo de las Américas”, orientada a coordinar acciones militares y de inteligencia contra el narcotráfico y las organizaciones criminales transnacionales. La coalición fue suscrita por 17 países del continente, con la participación de mandatarios como Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Santiago Peña (Paraguay) y Daniel Noboa (Ecuador), entre otros. De esta alianza quedaron excluidos México, Brasil, Colombia y Cuba, a quienes Washington considera no confiables en su enfoque de seguridad continental. Kristi Noem, destituida días antes como secretaria de Seguridad Nacional, fue nombrada enviada especial para esta iniciativa.

En paralelo, la política estadounidense hacia América Latina ha generado cambios políticos importantes en algunos países, incluyendo el replanteamiento de relaciones diplomáticas y el reacomodo de alianzas regionales. Esta dinámica confirma que el continente americano ha vuelto a adquirir relevancia estratégica dentro de la política exterior de Washington.



Medio Oriente, energía y el nuevo equilibrio de poder

Al mismo tiempo, la agenda internacional de Estados Unidos se extendió hacia Medio Oriente con consecuencias devastadoras. El 28 de febrero de 2026, fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron ataques coordinados contra Irán que incluyeron el bombardeo de instalaciones nucleares, infraestructura militar y sedes gubernamentales en Teherán. El líder supremo Alí Jamenei murió en uno de esos ataques. Los bombardeos se extendieron a Líbano, con una nueva ofensiva contra Hezbollah. Irán respondió con ataques de represalia contra países del Golfo, provocando el cierre de instalaciones petroleras y la interrupción del tránsito marítimo en el Estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo y el gas se dispararon a nivel mundial.

El conflicto puso en evidencia algo que ya venía perfilándose: la energía ha recuperado su dimensión estratégica como instrumento de autonomía nacional y negociación internacional. Estados Unidos ha reforzado su capacidad energética interna y la ha utilizado como elemento de influencia frente a otros países. La seguridad energética se ha convertido en un componente esencial del poder nacional.

En este escenario, el sistema internacional parece estructurarse alrededor de tres grandes polos de poder: Estados Unidos, China y Rusia. A estos actores se suma la Unión Europea, que continúa siendo aliada estratégica de Estados Unidos, aunque con creciente interés en fortalecer su autonomía política y económica.



El impacto en México y el arte de gobernar

Ante esta transformación del entorno internacional, surge una pregunta inevitable: ¿cómo está impactando esta nueva geopolítica en México y cómo nos estamos preparando para enfrentarla?

Los primeros efectos ya son visibles. Mayor presión en la agenda comercial, particularmente en el marco del T-MEC cuya revisión bilateral arrancó formalmente el 16 de marzo, con fecha límite el 1 de julio de 2026. Reconfiguración de las cadenas productivas en América del Norte. Presiones en materia de seguridad, migración y narcotráfico dentro de la agenda bilateral. Y una competencia intensa por inversiones estratégicas vinculadas a energía, tecnología y relocalización industrial.

En este entorno, México no puede seguir conduciendo sus gobiernos sin la responsabilidad que exige impulsar su crecimiento en todos los sentidos y en beneficio real de la población. El crecimiento económico de 2025 fue de apenas 0.5%, el menor desde la pandemia (INEGI); la inversión se contrajo 8.6% anual en el tercer trimestre, y las proyecciones para 2026 apenas alcanzan 1.1% según Banxico. No basta con subsidiar el gasto social; ese gasto necesita respaldo de ingresos generados por crecimiento económico, para que no se constituya en una carga imposible para las finanzas públicas en los próximos años.



Frente a un panorama de esta magnitud, vale la pena volver a dos grandes pensadores del siglo XX que entendieron como pocos el peso de gobernar. Max Weber, en su conferencia “La política como vocación” (1919), recogida en su libro El político y el científico, lo expresó con una frase que hoy resuena con fuerza: “La política es la lenta perforación de duras tablas con pasión y mesura al mismo tiempo.” La política no es improvisación ni arrebato ideológico, sino paciencia estratégica, responsabilidad y visión histórica. Y Winston Churchill, en 1947, cuando el mundo enfrentaba el reto de reconstruir un orden internacional tras la derrota del nazismo y el fascismo, pronunció ante la Cámara de los Comunes aquella frase que quedó para la historia: “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han intentado de vez en cuando.”

Gobernar con responsabilidad, como decía Weber, implica paciencia, mesura, determinación y visión. Hay que reconocer el entorno en el cual nos ha tocado vivir y actuar con prudencia e inteligencia, sin subestimar las realidades políticas, económicas y multilaterales, especialmente las de nuestros socios de América del Norte y las latinoamericanas. Sin apartarnos de nuestros principios constitucionales de autodeterminación y soberanía, debemos impulsar políticas públicas nacionales e internacionales acordes con esa nueva realidad de cooperación y entendimiento, alejadas de ideologías que históricamente no corresponden a la vocación democrática del pueblo de México y al clima de libertad que los mexicanos deseamos vivir.

El tiempo se convierte en factor decisivo. México necesita adaptar su política económica y exterior a las nuevas condiciones del sistema internacional. Esto implica tres tareas fundamentales: aprovechar las oportunidades de integración económica con América del Norte; fortalecer nuestra autonomía energética y productiva garantizando seguridad jurídica para la inversión extranjera, aplicada estratégicamente en energía, transmisión y desarrollo regional; y desarrollar una política exterior inteligente, basada en cooperación y pragmatismo.



México debe mantener sus principios históricos como nación soberana, pero al mismo tiempo actuar con realismo estratégico frente a los cambios del mundo contemporáneo. La recomposición geopolítica impulsada por Estados Unidos, la competencia entre grandes potencias, el conflicto activo en Medio Oriente y la centralidad de la energía y el comercio están redefiniendo el equilibrio mundial.

Para México, el desafío no es menor. La revisión del T-MEC, las nuevas condiciones económicas globales y la exclusión del país de la coalición hemisférica de seguridad obligan a pensar con visión estratégica. Más que reaccionar con indignación ante las presiones de nuestro principal socio comercial, México debe anticiparse a ellas, fortalecer su capacidad económica y actuar con inteligencia política. Como nos enseñó Churchill, la democracia es imperfecta, pero es el único camino que vale la pena defender. Y como nos recordó Weber, defenderla requiere pasión y mesura al mismo tiempo. En el nuevo orden internacional que ha comenzado, nuestro país tiene la oportunidad y la responsabilidad de redefinir su papel en el mundo. No mañana. Desde hoy.

Victor Hugo Celaya

Economista y estratega con trayectoria en gobierno, política interior, comercio internacional y política legislativa.

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