“Según Palacio, hay un espacio… que igual se hace grandote que chiquito”. Me refiero, naturalmente, al Zócalo de la CDMX. Ese territorio elástico que, cuando conviene, alberga 400 mil personas y, cuando incomoda —sobre todo si el evento le reclama algo al régimen—, apenas alcanza para 80 mil almas disciplinadas.
Total, ¿qué tanto es tantito? Máxime cuando la exageración, la hipérbole y el denuesto oficial se miden en metros cuadrados convertidos en narrativa.
Lo cierto es que el Zócalo tiene 46,800 metros cuadrados. Si hacemos un cálculo de cuatro personas por metro cuadrado (ya bastante apretadas) y suponiendo que no hay templetes, escenarios, vallas ni pasillos de seguridad, el total da 187,200 personas. Física básica. Geometría elemental. Nada revolucionario.
Sumando calles aledañas se podría llegar, siendo generosos, a unas 220 mil. Para alcanzar los 400 mil asistentes hay que ampliar la imaginación: incluir varias colonias cercanas, sumar entusiasmo estadístico… y quizá contar también a los ausentes de este país, esos que sí llenan plazas invisibles mientras sus madres buscadoras recorren las reales.
Pero en conciertos la elasticidad se vuelve virtud patriótica. Shakira se lleva el récord con 400 mil gargantas. En su primera presentación reunió a 210 mil “Shakifans”, miembros de “la manada”. Juan Gabriel convocó a 350 mil almas (1 de enero de 2000) y Los Fabulosos Cadillacs, 300 mil. El metro cuadrado oficial es el único que crece sin presupuesto y sin reforma constitucional.
Y, por supuesto, si se trata de políticos en el poder, la plaza alcanza para 600 mil sin despeinarse. Si es la oposición —tipo marea rosa—, entonces la aritmética se vuelve austera y apenas caben 95 mil. El Zócalo no es plaza pública: es acordeón estadístico. Se estira o se encoge según quién esté arriba del templete.
Total, el Zócalo se hace grandote o chiquito, a contentillo de quien cuenta. Y si ni el aforo pueden calcular sin doble rasero, ya podemos imaginar cómo andan las demás cuentas del país.