Columna invitada

El silencio de Dolores

Columnas

Sucedió primero en 1960. César Chávez, líder del principal movimiento de defensa de los trabajadores agrícolas e ícono de los latinos en EU, violó a una mujer de quien era jefe. Ella tenía total admiración por él, por el movimiento. Estaba convencida de que podían ayudar a los trabajadores agrícolas a ser reconocidos como “seres humanos”, a contar con horarios de descanso, agua y condiciones básicas para trabajar. Estaba convencida de que él era un genio. Y aun así, la violó. Ella, para mantener el movimiento unido y por miedo a que no le creyeran, guardó silencio durante más de 60 años. Hasta ahora.

En 1965, Chávez encabezó una marcha histórica en California para exigir mejoras en los derechos de los trabajadores agrícolas. Más de 10 mil personas marcharon con él. Al año siguiente, volvió a violar a su colaboradora. De ambas violaciones, ella resultó embarazada. Escondió los embarazos, dejó a las niñas bajo el cuidado de unos parientes, siguió en la lucha.

En las próximas décadas, esa mujer, Dolores Huerta, lideró el sindicato Unión de Campesinos junto a su violador. Durante casi toda su vida, ella habló bien en público sobre él, guardó en secreto lo que le había sucedido, decidió que era “su cruz para llevar”, su calvario privado. Nunca le dijo a nadie ni confrontó a Chávez. Sobre todo, dijo Huerta esta semana, nunca supo que Chávez había violado a otras mujeres, incluidas varias menores de edad.



Huerta se enteró de que Chávez era un violador serial en diciembre pasado, cuando reporteros de The New York Times le informaron que estaban realizando una investigación sobre varias mujeres a las que Chávez había violado. Entonces, Huerta decidió contar su caso.

Este miércoles, el diario publicó la investigación con testimonios de Ana Murguía, Debra Rojas, Cynthia Bell, Esmeralda López y otras personas. Chávez comenzó a abusar de Murguía cuando ella tenía 13 años. A Rojas comenzó a molestarla cuando ella tenía 12 años. La violó cuando tenía 15. A López y Bell las acosó. Todas fueron víctimas después de Huerta.

Durante años, Rojas intentó denunciar lo que le había ocurrido. Nadie le hizo caso. Ahora, su testimonio y el de las otras mujeres han provocado una hecatombe en la imagen de Chávez, quien murió en 1993. En las últimas horas, se han cubierto las estatuas de Chávez de sus pedestales, se han cancelado los festejos de su cumpleaños, los días con su nombre, y la propia Fundación César Chávez ha dicho que les creen a las víctimas y ha pedido perdón.



Y Huerta, a punto de cumplir 96 años, ha dicho por primera vez qué le pasó. “Debo hacerme responsable de mis decisiones. Creo que (haberlo denunciado) hubiera sido el fin del movimiento casi al inicio”, dijo este miércoles. “Nunca lo confronté. Dios sabe que, si lo hubiera hecho, quién sabe si habría podido prevenir que esto les pasara a otras chicas. (Ahora) El coraje de estas mujeres para hablar me ha dado coraje también”.

El miércoles por la mañana, cuando se publicó la investigación, en Latino USA, el programa de radio que dirijo, decidimos buscar una entrevista con Huerta. La hicimos unas horas después. Fue la primera entrevista que concedió tras la publicación. Sucedió gracias a la organización extraordinaria de mi equipo y a una larga relación de confianza entre reportera y fuente que nuestra conductora, María Hinojosa, ha mantenido con Huerta durante décadas.

La entrevista ha sido replicada por más de 20 medios en inglés y en español en Estados Unidos. Es un ejercicio de periodismo duro y necesario, porque plantea preguntas difíciles: ¿Cómo lidió Huerta con este secreto? ¿Cómo fue que no se dio cuenta, que nunca supo de las otras violaciones?



El caso de Huerta entraña varias lecciones. Muestra, otra vez, cómo existe en el mundo una cultura de silencio que ha permitido a hombres de poder y abusivos mantener su prestigio, amparándose en el sufrimiento de sus víctimas. Explica también cómo hay mujeres que han decidido callarse para proteger su trabajo, sus ideas, sus propias batallas. El caso es también esperanzador porque muestra que, aun a los 96 años, siempre queda tiempo para hablar.

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