Columna Bisturí

El pequeño gran chantaje

Bisturí
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  • Hay partidos que ganan elecciones. Y hay partidos que, sin ganarlas, terminan cobrando como si hubieran salvado a la patria. El Partido del Trabajo pertenece a esa segunda especie: pequeña en votos, enorme en rendimiento. Una verdadera proeza de la política mexicana. O, visto sin maquillaje, una franquicia de supervivencia.

    Alberto Anaya, “El Profe”, no construyó un partido para conquistar multitudes. Construyó algo más rentable: una herramienta para volverse indispensable. No es lo mismo. Lo primero exige carisma, estructura, calle, liderazgo de masas. Lo segundo exige cálculo, paciencia y sangre fría. Y en eso el PT ha sido ejemplar. Lleva décadas viviendo al filo del abismo, pero siempre encuentra la manera de no caer. O de caer parado.

    Su más reciente demostración de oficio político no ocurrió frente a la oposición, sino en la propia cocina del oficialismo. Con apenas seis votos en el Senado, el PT logró atravesársele a Claudia Sheinbaum y descarrilar el corazón de su reforma electoral. Así de simple. Así de brutal. Morena, con toda su musculatura, sus mayorías, su narrativa de movimiento histórico y su maquinaria de poder, terminó doblándose ante un aliado menor. Menor en tamaño, no en mañas.



    Eso exhibe una verdad incómoda: en política no siempre manda el más grande; manda el que sabe en qué momento apretar. Y el PT sabe. Sabe que su negocio no está en arrasar urnas, sino en administrar su pequeñez como arma de negociación. Su fuerza no proviene de la legitimidad popular, sino de la utilidad parlamentaria. Es la chiquillada convertida en instrumento de chantaje elegante. Muy institucional, muy de mesa de diálogo, muy de “unidad del movimiento”. Pero chantaje al fin.

    El punto de quiebre era obvio. Tocar plurinominales y financiamiento público equivalía a tocar el sistema de respiración artificial de los partidos pequeños. Pedirle al PT que acompañara esa poda era como pedirle a un comerciante que vote por el cierre de su propio local. No iba a ocurrir. No por principios. Por instinto de conservación. Que en la política mexicana suele ser más fuerte que cualquier ideología, incluso las que se envuelven en bandera roja y estrella amarilla.

    Y ahí aparece el verdadero mérito de Anaya: entender desde hace décadas que la pureza doctrinaria sirve para los discursos, pero la supervivencia exige pragmatismo. El PT nació a la sombra de la izquierda, se acomodó con el PRD, luego con López Obrador y después con Morena. Incluso tuvo tiempo para coquetear localmente con el PAN cuando convino. Es decir, la geometría ideológica del partido suele depender menos del catecismo y más de la necesidad. No es un pecado exclusivo del PT, desde luego. Pero pocos lo ejercen con tanto pudor escénico y tanta eficacia administrativa.



    Por eso sorprende menos que con tan pocos escaños haya frenado una reforma presidencial, y sorprende más que todavía haya quien crea que los partidos pequeños son actores decorativos. No. Son bisagras. Y a veces las puertas del poder no se abren ni se cierran por la fuerza del portón, sino por el capricho de la bisagra.

    El caso retrata también otra fragilidad del nuevo régimen: su dependencia de aliados que acompasan el paso mientras no les toquen el bolsillo ni el futuro. Morena puede presumir hegemonía, pero sigue atado a los intereses de sus satélites. Y cuando esos satélites sienten amenazada la nómina, la alianza deja de ser causa y se convierte en regateo. La transformación, entonces, entra a una fase muy mexicana: todos juran lealtad mientras revisan el contrato por debajo de la mesa.

    A Sheinbaum le han dado una lección temprana. Gobernar con aliados no es lo mismo que gobernar con subordinados. Y en esa diferencia caben muchas derrotas. El PT le recordó que una cosa es encabezar el proyecto y otra controlar a quienes viven de él. Porque los socios pequeños suelen ser los más peligrosos: no cargan el costo completo del desgaste, pero sí cobran caro cada voto decisivo.



    Anaya, mientras tanto, vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: moverse poco, hablar cuando conviene y cobrar cuando puede. Lleva años operando desde la penumbra, sin el estruendo de los caudillos ni la exposición de los tribunos. Ha sobrevivido a reformas, alternancias, crisis, casi extinciones y mudanzas ideológicas del país entero. Eso, en México, no se llama congruencia. Se llama colmillo.

    Y quizá ahí está el fondo del asunto. El PT no derrotó a Morena. Le recordó su verdadera naturaleza. Le enseñó que el poder no siempre se ejerce desde la presidencia ni desde la bancada mayoritaria. A veces se ejerce desde la esquina, con pocos votos, mucha disciplina y la amenaza suficiente para arruinar una ceremonia que ya se daba por resuelta.

    En política, como en ciertas partidas de naipes, no siempre gana quien reparte. A veces gana el que guarda bajo la manga la carta que nadie vio venir.

    José Luis Parra

    José Luis Parra es un periodista con más de 40 años de experiencia en medios locales y en Notimex. Fundador de SonoraPresente y autor de la columna Bisturí.

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