No nos engañemos: el conflicto en Oriente Medio, los ataques de Israel, Estados Unidos y otros países árabes a Irán, la respuesta iraní contra naciones árabes e Israel y contra bases militares estadunidenses en la región, no es un capítulo más de la lucha ancestral en esa región, es un capítulo central de la reconfiguración geopolítica global que inició con el gobierno de Donald Trump.
Estamos presenciando una reconfiguración geopolítica global, no conflictos aislados. Comenzando este año tenemos la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela, con un cambio de régimen en proceso bajo control absoluto de Estados Unidos. El régimen de Maduro ha sido decapitado con la extracción de su líder preso en una cárcel en Estados Unidos. Aunque sus mandos intermedios, como Delcy Rodríguez, permanecen, han perdido el control efectivo del país, forzando un cambio inevitable en su estructura de poder.
En México, con la eliminación de El Mencho, se confirmó que más allá de discursos soberanistas sin contenido y de una suma de posiciones diplomáticas deplorables, estamos estrechamente relacionados con la administración de Trump, por lo menos en el ámbito de la seguridad. La eliminación de El Mencho, el líder del cártel más poderoso y principal traficante de fentanilo a Estados Unidos, fue una operación estratégica coordinada con Estados Unidos. La administración estadunidense considera al fentanilo un “arma de aniquilación masiva” y a la organización de El Mencho una amenaza terrorista, haciendo de su neutralización una prioridad absoluta. La alineación de México en esta operación es una prueba de su posición en el nuevo orden.
Cuba es un régimen que agoniza y su caída parece ser más un evento de semanas que de meses: sin el apoyo antes de la Unión Soviética, después de Venezuela e Irán, y en los últimos tiempos de México, Cuba exhibe el desastre económico, social y cultural en que han transformado al país 67 años de dictadura. El país sencillamente se derrumba.
En Irán, la muerte del ayatola Jamenei y de buena parte de la cúpula del sistema teocrático adelanta su eventual caída. El régimen iraní, durante cuatro décadas, convirtió a una de las naciones más modernas y prósperas de Oriente Medio en una teocracia impuesta, con una dictadura basada en la represión y el fanatismo. Alimentó movimientos terroristas, participó en todo tipo de negocios ilegales y su objetivo siempre fue obtener armas nucleares para atacar a Israel y otros países. El régimen está condenado. La reacción iraní contra los países árabes exhibe, además, la distancia entre persas y árabes, y entre sunitas y chiitas. Los ataques que ha lanzado contra Israel, bases estadunidenses y objetivos en los Emiratos Árabes y Arabia Saudita provocarán una represalia a la que no podrá sobrevivir. Su agresión actual redibujará el mapa de poder en todo Oriente Medio.
Estos movimientos, junto al estancamiento en la guerra de Ucrania, donde el agresor, Rusia, y el agredido, Ucrania, no pueden ya avanzar, luego de cuatro años de guerra, demuestra que la negociación más temprano que tarde será inevitable y pasará por Estados Unidos. El desenlace final no será decidido en el campo de batalla, sino en una mesa de negociación donde Ucrania y Rusia definirán su estatus futuro sentados con Estados Unidos.
Europa, en este contexto, ha logrado reencauzar el diálogo con Trump, pero con los incidentes con Groenlandia le ha quedado absolutamente claro que debe buscar su propio destino en el ámbito de la seguridad.
El giro hacia la derecha en América Latina es notable, todas las elecciones de los últimos meses han sido ganadas por candidatos de centro-derecha y ese panorama se puede repetir en los tres comicios de este año: Colombia, Brasil y Perú. Con la caída de Cuba y Venezuela, y el aislamiento de Nicaragua, México y Brasil quedan como los únicos países con gobiernos que se dicen de izquierda, cada día más condicionados y alineados (por su voluntad o por las presiones) también con Estados Unidos. Todos esos movimientos exhiben el cuadro de un nuevo orden mundial.
La única pieza principal que queda por colocar en este tablero es el rol futuro de China, lo cual definirá el equilibrio final de poder. Otros actores importantes como India y Pakistán están también moviendo sus intereses para acercarse a la Unión Americana. Todos éstos no son incidentes separados, sino movimientos coordinados que demuestran una realineación de poder alineada con los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.
En este contexto, para EU, el hemisferio americano es su espacio de seguridad nacional. La lucha contra los cárteles se inscribe directamente en esa lógica, sacar a China de espacios estratégicos del continente también. Establecer un comando hemisférico en el ámbito militar es un punto clave. Incomprensiblemente, el gobierno federal –más allá de que en los hechos está sumándose, como decíamos por la convicción o la presión, a los esfuerzos de EU– mantiene un discurso timorato, una diplomacia ausente, de los años 60 y 70, alejada en todos los sentidos de la realidad del nuevo orden geopolítico mundial.