Columna invitada

El guion

En el vasto y creativo catálogo de la retórica política mexicana, hemos transitado de la “dictadura perfecta” a lo que podríamos llamar la “evasiva perfecta”. Para los gobiernos de Morena, la realidad no es un conjunto de hechos comprobables, sino una plastilina maleable que se ajusta según el humor matutino.

No importa si se trata de un colapso de infraestructura, un escándalo de corrupción con nombres y apellidos, un derrame de hidrocarburo o una cifra de violencia que haría palidecer a cualquier país en guerra; la respuesta siempre será un guion perfectamente ensayado que oscila entre la amnesia selectiva y el martirio heroico.

Es fascinante observar cómo, ante cualquier crisis que amenace con manchar el límpido plumaje de la transformación, la primera línea de defensa es el entrañable “no sabemos nada”. Es una ignorancia casi mística, una pureza informativa que los mantiene a salvo de la contaminación de los hechos, como si los funcionarios vivieran en una burbuja de helio flotando sobre un país que desconocen por completo.



Ahora bien, si la realidad insiste en tocar a la puerta con pruebas, videos o documentos, el siguiente paso es el universal “es falso”. No se necesitan pruebas para desmentir, basta con la fuerza moral de la palabra oficial. A ese desmentido, a veces se agrega el retador “presenta tu denuncia”, sabiendo muy bien que ninguna queja prosperará.

Y si, por un descuido, la falsedad resulta ser muy evidente para ignorarla, surge el mantra burocrático por excelencia: “Estamos investigando”. Una frase con la capacidad de congelar el tiempo; es el limbo donde las explicaciones van a morir mientras la opinión pública se distrae con el siguiente escándalo.

Pero cuidado, si la investigación tarda —como suele ocurrir hasta que el sol se enfríe— y la presión social aumenta, siempre queda el recurso de minimizar. “No es tan grave”, nos dicen con una sonrisa condescendiente, sugiriendo que nuestra indignación es producto de una sensibilidad burguesa exagerada. Al parecer, el país no se está cayendo a pedazos, sólo se está “reacomodando” de forma estrepitosa.



Cuando la evidencia es tan voluminosa que ni el optimismo más ciego puede ignorarla, entra en juego el matiz retórico: “Bueno, es parcialmente cierto, pero los adversarios hacen un escándalo”. Aquí la culpa se traslada de quien comete la falta a quien tiene la osadía de señalarla. Es el arte de culpar al mensajero mientras se reconoce a medias el incendio.

Pero no se acaba allí el repertorio, pues si ese argumento se empantana, siempre pueden sacar el as bajo la manga, el escudo eterno: “El PRI y el PAN eran peores”. Es la validación del error propio a través de la podredumbre ajena. Si antes robaban diez y ahora roban cinco, deberíamos estar agradecidos por el descuento. Esta comparación se personaliza con el villano favorito de la narrativa oficial, porque, pase lo que pase, “es culpa de Felipe Calderón”. Si llueve, si no llueve, si el Metro falla, si la cifra de desaparecidos crece o si la economía se estanca, el rastro de pólvora siempre conduce a un sexenio que terminó hace más de una década. Es una gestión que gobierna mirando por el espejo retrovisor, convencida de que el pasado es una excusa válida para la incompetencia del presente.

Eventualmente, cuando el cinismo ya no alcanza, llega la aceptación resignada: “Sí es cierto, pero ya se está atendiendo”. Es la promesa de una acción que rara vez vemos, pero que suena reconfortante en el discurso.



Para darle un barniz de legalidad a esta inacción, nos informan con solemnidad que “ya se abrió una carpeta de investigación”. Es el agujero negro de la justicia mexicana, donde los expedientes se acumulan como hojas secas en otoño, esperando que el olvido haga su trabajo. Y finalmente, cuando la tragedia es innegable y el dolor social es palpable, llega la frase que busca sellar la grieta con clientelismo: “Nadie se va a quedar sin apoyo”. Al final, todo se reduce a una transferencia, a un monto de dinero que pretende sustituir la eficiencia, la seguridad y la justicia.

Así, entre pretextos y otros datos, la imagen del movimiento transformador se mantiene inmaculada mientras el país aprende que con este gobierno, la realidad es lo de menos si el guion se sigue al pie de la letra.

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