Columna invitada

El feudo guinda

Columnas

Félix Salgado Macedonio vs. Luisa Alcalde. No, no fue una pelea. Tampoco barba contra cabellera. Fue algo más preciso: cinismo en estado puro.

Fuimos testigos de la perorata del senador de Guerrero, una pieza digna de estudio: el raro arte de denunciar exactamente aquello de lo que se ha vivido. Habló de nepotismo. Sí, nepotismo. Como si el hecho de que hoy no pueda competir —porque su hija que gobierna Guerrero— no fuera consecuencia directa del mismo mecanismo que hoy le indigna. Hay que reconocerlo: no cualquiera logra ese nivel de desmemoria selectiva sin despeinarse.

Y no, no es hipocresía. Eso implicaría cierta conciencia del doble discurso.



Esto es cinismo guinda estructural: cuando la contradicción ya no incomoda, se presume.

Ahí está Félix Salgado Macedonio, indignado —o actuando como tal— por el nepotismo dentro de Morena. El mismo personaje cuya mayor aportación democrática fue perfeccionar la figura de la herencia política exprés: candidatura caída, apellido reciclado, boleta asegurada. Un pequeño milagro familiar.

Porque conviene recordarlo, aunque a algunos les cause urticaria: su hija no es una anécdota, es un método. No fue una excepción, fue un instructivo. La sustitución no fue democrática, fue doméstica. Y el mensaje fue cristalino: el poder no solo se gana… también se hereda, siempre que el apellido sea el correcto.



Y ahora resulta que el problema es el nepotismo. No combate el nepotismo: compite por su monopolio.

Por eso su arrebato contra Luisa Alcalde no es una denuncia ética, sino un acto reflejo de supervivencia. Y más aún: no es contra ella. Es, en realidad, un tanteo hacia Claudia Sheinbaum. Porque en política, el destinatario real nunca es el que aparece en el video. Y aquí viene lo verdaderamente revelador: su queja no es moral, es logística. Su indignación aparece justo cuando lo bajan de la jugada de 2027. Mientras el sistema operaba a su favor, el nepotismo era “voluntad popular”. Ahora que lo deja fuera, se convierte en tragedia democrática.

Qué oportuno descubrimiento. No es crítica. Es berrinche con micrófono.



No es denuncia. Es protesta por desplazamiento. Como esos coros digitales que ahora reclaman su “derecho” a competir. Ajá.

Y sin embargo, en medio del espectáculo, hay una verdad incómoda: sí, en Morena hay familias en el poder. Sí, hay apellidos que se reproducen con más eficiencia que las políticas públicas. Sí, hay una lógica patrimonial operando con absoluta naturalidad.

Pero el problema no es que lo diga. El problema es que lo diga él.



Es el clásico del sistema degradado: “a todos roban”, dicho por quien ya pasó por caja y ahora exige turno. No busca limpiar, busca diluir. No pretende corregir, sino normalizar.

Y entonces aparece la coartada favorita: “el pueblo decide”. Ese mantra que sirve para todo, especialmente para ocultar lo evidente: control de candidaturas, estructuras cerradas, decisiones cupulares disfrazadas de encuesta.

No es democracia popular.



Es feudalismo electoral con branding de izquierda.

Feudalismo guinda, para no perder la identidad cromática. Porque ni a monarquía llegan: al menos en las monarquías hay reglas claras de sucesión.

Aquí no. Aquí hay simulación.



Morena no combate el nepotismo: lo administra. Lo dosifica. Lo regula según convenga. La reforma se patea a 2030, pero mientras tanto se aplica selectivamente en 2027, como quien prueba un juguete nuevo… con dedicatoria.

Sirve para bloquear a unos, pero tolera a otros. Y aquí es donde el discurso se desmorona con elegancia.

Porque si hay un apellido que incomoda de verdad en este reordenamiento, no es el de Guerrero. Es el de Ricardo Monreal. Se sabe —y se comenta donde se toman las decisiones, no donde se hacen los discursos— que Claudia Sheinbaum no solo busca acotar cacicazgos: quiere sacar a los Monreal del tablero. Incluso a costa de algo que, en otro momento, habría sido considerado suicidio político: perder Zacatecas.



Sí, perderlo.

Porque en la lógica del poder real, hay derrotas que valen más que ciertas victorias incómodas. Y Zacatecas, en ese cálculo frío, puede ser moneda de cambio para desmontar una dinastía que no se alinea.

Entonces no, esto ya no es un principio. Si es que alguna vez lo fue.



Es un instrumento.

No es una regla. Es una herramienta.

No es ética. Es estrategia.



No es democracia. Es depuración… con discurso moral incluido.

Y eso nos lleva al fondo: esto no es lucha de ideas. Es lucha de clanes. No hay debate ideológico, hay reacomodo de apellidos. Morena contra Morena.

No piensan soltar el poder. Piensan heredarlo mejor.



Cuando un sistema se llena de familias, deja de ser proyecto político y se convierte en reparto patrimonial del poder.

Y lo más delicado: ni siquiera estamos viendo una discusión sobre el nepotismo. Estamos viendo algo mucho más honesto —y más preocupante—: nepotistas discutiendo quién tiene derecho a heredar.

Porque cuando el poder se hereda, la democracia no desaparece. Se vuelve decorativa.



Así Morena. No erradicó el viejo régimen. Lo volvió familia.

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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