Dos Bocas no es una refinería: es un derrame de irresponsabilidad contenido —apenas— por el dique de la impunidad. En su momento la abrieron para inaugurarla; hoy valdría más cerrarla para no evidenciarse. Ha salido más caro defenderla que refinar. Tanta boca para tan poco petróleo… y, el poco que hay, para demasiadas tragedias.
Hoy, más de 630 kilómetros de litoral están afectados por hidrocarburos. El desastre recorre Tabasco, Veracruz y se derrama por el Golfo de México. A tres semanas del inicio, las autoridades piden a los pescadores detenerse. En Nautla se recogen toneladas de chapopote. Organizaciones ambientales advierten daños en el corredor arrecifal del suroeste del Golfo. Producción simbólica. Derrames históricos.
Si nos ponemos serios —aunque lo serio aquí ya es trágico— la obra sí fluye. Pero hacia el mar. No hablo de exportaciones ni de geopolítica, sino de crudo destruyendo ecosistemas. El problema nunca fue inaugurar la refinería. Fue obligarla a “funcionar”. Dos Bocas: mejor sellada que inaugurada.
Porque ya no hay margen para el autoengaño: no es un accidente. Es el modelo.
Se vendió como símbolo de soberanía energética; en la práctica, ha sido más eficiente contaminando que produciendo. Cuando una obra estrella genera más crisis ambientales que gasolina, deja de ser incidente: es diagnóstico.
Diagnóstico de un proyecto que nunca fue técnico, sino ideológico.
Ahí está el patrón: decisiones políticas por encima de criterios técnicos, sobrecostos, fallas y una narrativa que intenta tapar —literalmente— lo que se desborda. Se construyó contra advertencias, contra plazos de tiempos realistas, contra lógica financiera. Una ocurrencia elevada a política pública.
Incluso la ubicación fue cuestionada desde el inicio: manglares destruidos, zona inundable… y, aun así, adelante. Porque había que inaugurar.
Y en la 4T, inaugurar importa más que operar. El listón sustituye al funcionamiento. Dos Bocas es la escenografía perfecta: luce en discurso, falla en la realidad.
La austeridad también hizo lo suyo: recortes en mantenimiento, supervisión y controles. Pero no en propaganda. El resultado es el de siempre: lo barato cuesta caro…, y lo improvisado sale tóxico.
Así, el petróleo se fuga, pero la rendición de cuentas permanece sellada. Opacidad como política pública. ¿Quién responde por el derrame? Nadie. ¿Quién informa con transparencia? Nadie. El nacionalismo energético terminó siendo nacionalismo contaminante: defender el petróleo mientras se destruye el territorio.
Y no, no es solo Dos Bocas. Es el mismo patrón del Tren Maya, del aeropuerto cancelado: obras pensadas para inaugurarse, no para funcionar. Cuando llega la tragedia, el libreto es predecible: negar, minimizar, culpar. Hoy, incluso, culpar al pasado…, como si el chapopote también fuera heredado.
Lo más grave no es el derrame. Es la costumbre. Antes esto habría sido escándalo nacional. Hoy es una nota más. Esa es la verdadera transformación: bajar el estándar de lo inaceptable.
Dos Bocas iba a ser el emblema del nuevo México. Lo es. Pero como advertencia: el poder sin contrapesos no solo se equivoca, insiste en equivocarse.
Y mientras tanto, el daño no espera. En Semana Santa, el turismo en Veracruz y Tabasco resentirán el golpe. Pero lo peor no es la temporada perdida: es el daño ambiental que tardará años —si acaso— en revertirse.
¿Hasta cuándo vamos a pagar errores con ecosistemas, con vidas, con dinero público? ¿Hasta cuándo la impunidad seguirá siendo el verdadero dique de contención?
Si la autosuficiencia energética consiste en producir derrames con recursos públicos y negar la evidencia con discursos, entonces sí: misión cumplida.
Dos Bocas no refina petróleo. Refina al régimen.