“¿Cuál es su mayor orgullo?”, pregunté a Daniel Cosío Villegas una tarde apacible en el jardín de su casa en San Ángel. Tenía 76 años de edad. Su hermano, el neumólogo Ismael Cosío Villegas, le había diagnosticado un enfisema en el pulmón y no le daba más de un año de vida. Me contestó con la claridad y firmeza que lo caracterizaban: “Las instituciones que fundé han sobrevivido”. Hoy, a 50 años de su fallecimiento, don Daniel vería con dolor la destrucción de una parte sustancial de su obra cultural, su ideario político y su legado moral.
Hacer algo en el México nuevo que comenzó a fraguarse cuando todavía no se apagaba completamente la mirada de quienes cayeron en la guerra civil (…) moverse tras una obra de beneficio colectivo.
En 1946 publicó uno de los ensayos críticos más valientes e incisivos del siglo XX: “La crisis de México”. A su juicio, el régimen nacido de la Revolución había abandonado sus fines originales: la democracia, la libertad, la justicia, la educación. Quiso entender por qué, y buscó la respuesta en el pasado. Entonces decidió “mudar de casaca” -como él decía- y se convirtió en ensayista e historiador de tiempo completo. A esa labor dedicó 23 años de su vida. El fruto fueron decenas de notables textos sobre América Latina y, sobre todo, la magna Historia moderna de México: la República Restaurada (1867-1876) y el Porfiriato (1876-1911).
Al cumplir los 70 años de edad, don Daniel cortó todos los vínculos con el gobierno. Entendió que la única vocación admisible para el intelectual es la crítica. Durante el movimiento estudiantil del 68 se volvió uno de los jueces más acerbos del sistema político mexicano. Desde julio de 1968, hasta su muerte el 10 de marzo de 1976, publicó un artículo semanal en el Excélsior de Julio Scherer García y, a partir de 1972, uno mensual en la revista Plural, de Octavio Paz.
Tuvo una vejez aguerrida. Echeverría quiso cortejarlo, pero muy pronto desesperó: insultó a don Daniel en público y mandó a sus esbirros a acosarlo, se financiaron libelos, se esparcieron calumnias, infamias, mentiras. No le hicieron mella. “Yo nací con una ene de no en la frente”, me decía.
Nada me indignó más que oír su nombre mascullado desde la más alta tribuna nacional por un hombre que traicionaba el sentido histórico y moral de su legado. No me refiero solo a los altos valores republicanos y liberales que representaba mejor que nadie Cosío Villegas. Me refiero también al FCE que aquel gobierno (y el actual) han desvirtuado, hasta dejarlo irreconocible.
¿Qué le diría yo, si lo encontrara, aunque fuera en sueños? “Ya ve usted, don Daniel. Acá estamos, protestando contra la implacable destrucción de nuestras instituciones. Y aquí seguiremos. Con la ene de no en la frente”.
Rendiremos homenaje a Daniel Cosío
Villegas el 10 de marzo a las 6:00 p.m.
en el Colegio Nacional. Participarán
conmigo Jean Meyer, Christopher
Domínguez y Javier Garciadiego.