Columna invitada

Cero a la izquierda

Columnas

En algún libro lejano ya conté la fórmula que diseñó alguna soprano en decadencia para no tener que soltar una alta nota Fa en un aria difícil: en vez de cantarla gritar “¡Viva México!”. El pueblo respondía ¡Viva!, claro, pero se sentía engañado. Así ahora con la presidenta que lanza vivas compulsivamente mientras ignoramos la nota musical dada a la fuga.

La semana pasada juzgó otra vez que México es un país “extraordinario”, es decir, alejado de ordinariez de otros. Para demostrar que somos un país fifí, enumeró argumentos contundentes: supimos construir pirámides, creamos “sociedades basadas en la comunidad”, investigamos el cosmos “como nadie” y, por si aún hubiera duda, inventamos el cero.

Desde luego, el cero como ausencia de valor numérico fue necesidad de los humanos entre los que, felizmente, nos contamos los mexicanos. Se empleó en Babilonia y después en Grecia y luego en la madre India —donde se convirtió en aritmética además de servir a la lógica de la nada y la infinitud— y luego los árabes lo graduaron al álgebra que heredó en la Edad Media (“enorme y delicada”) el excelso Fibonacci.



Los olmecas mayas no usaron el cero por ser un milagro extraordinario olmeca o maya, sino porque, como otros humanos, necesitaron usar el cero. La única diferencia es que los mayas lo ilustraron como un ojo, los babilonios como dos rayitas, indios como un puntito y los chinos como una bolita. Lo mismo podría decirse sobre que los antiguos mexicanos “investigaron el cosmos como nadie”, incluido al Ptonto Ptolomeo.

Algún disparatado consejero cultural le asestó a la presidenta la idea de que “nuestras” culturas ancestrales crearon “sociedades basadas en la comunidad”. Pues sí. Lo contrario obligaría a suponer que las culturas de los “otros”, las que tuvieron la mala suerte de no ser “nuestras”, sólo crearon sociedades basadas en el aislamiento (o en el cero).

Tal nacionalismo es paralizante: es como mirarse el ombligo todo el día, aullando que es un ombligo tan extraordinario que lo envidia la humanidad. El Pueblo necesitado lo repite por órdenes superiores y rodea de ¡vivas! a ese ombligo inútil, lo que es mucho más popular que cuestionar el fulgor abstracto e inasible que detectó José Emilio Pacheco ante la patria (o el cero).



Pero el legado del Supremo incluye esta visión oficial de la nacionalidad como una venganza reparatoria frente a lo que consideró un agravio. Para él, México es a tal grado umbilical y extraordinario que debió merecer dispensa de la historia, la que va de Etiopía a Babilonia a la India a Egipto a Grecia y a etcétera. La idea de siempre: es preferible la soledad en el laberinto a la responsabilidad colectiva.

El Supremo, que no es un hombre ilustrado sino un tonto atiborrado de ideas fijas (que, como es sabido, dejan de ser ideas cuando son fijas), continúa con esa “necesidad de oposición y hostilidad que nos lleva al corazón mismo de la idea nacional, ese mecanismo paranoico de autoafirmación patriótica que necesita inventar una antipatria como límite y definición de cada patria”, para citar al Fernando Savater de Contra las patrias, libro importante.

Lo preocupante es que Sheinbaum se convierta en el eco de esa tontería y propicie que el Pueblo también confunda el orgullo nacionalista con la susceptibilidad nacional, esa que siempre se hallará subordinada a los intereses y los valores, sociales y políticos, que el poder le impone arbitrariamente.



Todo nacionalismo particularista es adversario del humanismo. A menos que se trate, claro, del “humanismo mexicano”, esa ocurrencia estridente, tan inútil como un ombligo, o como un cero a la izquierda.

Guillermo Sheridan

Guillermo Sheridan es un destacado escritor, periodista cultural, ensayista y académico mexicano, reconocido por su especialización en la poesía mexicana moderna y por su labor crítica y de investigación.

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