Columna invitada

Cabeza fría, nación en llamas

Columnas

Hay verdades que incomodan. Y hay verdades que incomodan tanto que lo primero que se hace es negar que existan. Donald Trump dijo que México es el “epicentro de la violencia de los cárteles”. Lo dijo en el contexto de una reunión hemisférica para discutir seguridad regional y presentar el llamado “Escudo de las Américas”. Un proyecto para coordinar a varios países del continente frente a amenazas comunes. México no fue invitado.

Si el epicentro del problema está aquí, lo lógico sería que el país señalado estuviera sentado en la mesa. Pero cuando esa nación empieza a ser vista más como el problema que como parte de la solución, lo que se discute ya no es con ella, sino sobre ella.

Trump, por supuesto, no mencionó un pequeño dato que suele quedar fuera del relato estadounidense: el epicentro de los consumidores de droga sigue estando del otro lado de la frontera. Pero ese matiz rara vez estropea una buena narrativa política… y menos aún cuando sirve para señalar con el dedo hacia el sur mientras se barre discretamente la casa propia.



La incomodidad, sin embargo, no proviene tanto de lo que dijo Trump, sino de algo más delicado: que cada vez resulta más difícil desmentirlo. La violencia en México dejó de ser una estadística para convertirse en paisaje. Esa es otra verdad.

Un paisaje de territorios donde el Estado aparece poco o tarde; de fosas clandestinas que siguen reproduciéndose en distintos puntos del país; de madres buscadoras que recorren desiertos con palas porque nadie más lo hace.

Ese es el telón de fondo que vuelve tan incómodas declaraciones como las de Donald Trump.



A ello, la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum fue pedir “cabeza fría”. Una frase prudente en diplomacia, sin duda.

El problema es que, cuando la violencia cotidiana se vuelve parte de la normalidad nacional, la idea de mantener la cabeza fría empieza a sonar más a mala estrategia retórica que a política pública.

Y mientras tanto, Trump hace lo que mejor sabe hacer: combinar elogios con presión. (Les advertí sobre sus tácticas hace más de cinco años).



Hace apenas unas semanas, el primer mandatario estadounidense felicitó públicamente al gobierno mexicano por la captura de Nemesio Oseguera CervantesEl Mencho. En su discurso ante el Congreso estadounidense insinuó que la inteligencia de su país había sido decisiva en la operación. Pero ahora, en cambio, encabeza una reunión regional de seguridad en la que México ni siquiera aparece como interlocutor…

Es su estilo: dos pasos de acercamiento, uno de distancia, y la presión nunca desaparece del todo.

Del lado mexicano, la estrategia ha consistido durante años en sostener dos discursos simultáneos. Uno hacia adentro, donde la narrativa insiste en la soberanía, la autosuficiencia y la crítica permanente a Washington. Otro hacia afuera, donde la cooperación en materia de seguridad, inteligencia y control fronterizo continúa funcionando con relativa normalidad.



Aquí lo importante: durante un tiempo esa doble narrativa resultó eficaz. Permitía hablarle a la base política sin romper los canales operativos con Estados Unidos. Pero ese margen se reduce cuando la realidad se vuelve demasiado evidente. Y cuando incluso dentro del propio sistema político empiezan a aparecer señales incómodas.

Por ejemplo, el silencio extraño que siguió a la captura de El Mencho. Hubo comunicado institucional de la CONAGO, sí, pero el entusiasmo que cabría esperar en un gobierno que ha capturado a uno de los criminales más poderosos del país brilló por su ausencia. Demasiada prudencia para una victoria que debería haber sido celebrada con estruendo.

Esto tal vez porque todos saben que el problema no termina con una captura.



Mientras tanto, en el ecosistema político latinoamericano empiezan a circular comparaciones que hace algunos años habrían parecido absurdas. En ciertos análisis —y también en comentarios que corren discretamente entre diplomáticos, analistas y centros de estudio— aparece una analogía incómoda: la de la presidenta mexicana con Delcy Rodríguez en Venezuela.

No porque México sea Venezuela, que no lo es. Pero sí por una lógica de poder que algunos observadores dicen empezar a reconocer: gobiernos donde la figura visible administra el poder mientras la figura anterior conserva la gravitación real.

Delcy Rodríguez entendió algo esencial en la política venezolana: que la supervivencia política dependía de mantener a Nicolás Maduro en el centro del sistema, incluso cuando eso implicara absorber buena parte del desgaste público. En México, esa ecuación todavía parece en proceso de definición.



Porque gobernar un país con la sombra permanente del liderazgo anterior no es sencillo. Menos aún cuando la presión externa aumenta, la violencia interna no cede y las decisiones estratégicas empiezan a tener costos políticos cada vez más visibles.

En ese contexto, pedir “cabeza fría” puede ser una virtud diplomática. Pero también puede convertirse en un recurso insuficiente cuando lo que está en juego no es solo la narrativa política, sino la viabilidad misma del Estado para ejercer control sobre su territorio.

Y ahí es donde la frase de Trump —tan fácil de indignar y tan difícil de ignorar— se vuelve realmente incómoda.



No porque la haya dicho él. Sino porque describe, aunque sea de manera brutal y simplificada, una realidad que millones de mexicanos viven todos los días.

La verdad no peca. Pero cuando se acerca demasiado a la realidad, incomoda.

Y cuando un país empieza a incomodarse más con quien señala el incendio que con el incendio mismo, el problema ya no es la crítica. El problema es el fuego.



Giros de la Perinola

Primer giro:

Los verdaderos vendepatrias no son quienes critican al gobierno. Son quienes terminan haciendo alianzas con el crimen organizado mientras se envuelven en la bandera.

Segundo giro:



Andrea Chávez —pre-pre-pre-pre candidata a la gubernatura de Chihuahua— presume que los tribunales no han castigado su campaña adelantada y que Morena tampoco le ha llamado la atención. Olvida un pequeño detalle: la presidenta sí lo ha hecho.

Pero le vale; como a la mayoría de los cuatroteístas.

Y dado que Trump cada día toma menos en cuenta a la presidenta… quizá en Morena harían bien en empezar por escucharla.

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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