Mazatlán sabe organizar una fiesta, de eso no cabe duda. Las versiones que escucho, las crónicas que leo, las cifras que van surgiendo coinciden: el carnaval 2026 es un éxito rotundo. Poco importó que, durante meses, la ciudad y sus alrededores hubieran estado envueltos en historias trágicas de desapariciones y asesinatos.
Bajo el lema de “Arriba la tambora”, el carnaval registraba una cifra récord cercana al millón 200 mil visitantes y una ocupación de 87% en los hoteles. Por unos días, las autoridades pudieron sacudirse culpas y proclamar, orgullosas, el éxito de este “evento familiar y seguro”.
También por unos días, las estadísticas del crimen y la violencia quedaron desplazadas por otras que hablan de futuro: por ejemplo, Mazatlán tiene 14 hoteles y 80 torres departamentales en construcción o en desarrollo. Música, baile, carros alegóricos, comparsas, sonrisas, alegría, vida. ¿Y si todos los días fueran así en Mazatlán? Sería ingenuo pensar que, a partir del miércoles, cuando la fiesta termine, la vida será radicalmente distinta aquí, radicalmente mejor.
El éxito del carnaval se sostiene sobre lo que las autoridades llaman un operativo de seguridad sin precedente. Cientos de guardias y policías se marcharán con la reina y con la quema del mal humor. Ojalá la fiesta haya sido también un amanecer. Pero temo que apenas será un maquillaje temporal.