Columna invitada

Sarampión: manual de supervivencia en un país que decidió no vacunarse

Columnas

¿Qué debe hacer usted ante el sarampión? La respuesta es tan simple que en la 4T resulta sospechosa: vacunarse. Si no recuerda si ya está vacunado, vacúnese. No importa su edad: vacúnese. Eso sí: suerte con encontrar vacunas en el sector salud público.

Y es que el gobierno federal decidió hace algunos años que la prevención era un lujo del pasado, que las vacunas eran un gasto prescindible y que la fe en el discurso podía sustituir a la cienciaSpoiler: no pudo.

El sarampión estaba erradicado. No era una promesa ni un deseo: era un logro sanitario. Hoy vuelve a circular como si se tratara de una tradición recuperada. Y aun así, desde el poder se repite que ocho mil casos “no son tantos”. Es una frase que solo puede pronunciar quien no entiende —o decide no entender— que un solo caso ya es demasiado cuando hablábamos de una enfermedad eliminada.



Un infectado puede contagiar entre doce y dieciocho personas. El virus permanece activo en el aire y en las superficies hasta dos horas después de haber sido expulsado. Pero esos datos no caben en una narrativa donde todo es “exageración”, “campaña” o “herencia del pasado”.

La solución sigue siendo la misma que hace décadas: dos dosis, cobertura del 95% y asunto resuelto. Tan elemental que se volvió ideológicamente incómodo. Porque vacunar implica planear, comprar, distribuir y rendir cuentas. Todo lo que el obradorismo odia.

En la Ciudad de México, el brote vino acompañado de otro clásico de la casa: el control de la información. La jefa de Gobierno, Clara Brugada, interrumpió a su secretaria de Salud, Nadine Gasman, para pedir a los medios que no detallaran qué alcaldías concentran más contagios, porque —según ella— eso “estigmatiza”.



¿Desde cuándo informar estigmatiza y ocultar protege? Es una innovación conceptual que merece estudio. Decir dónde están los contagios no discrimina: alerta, previene y salva vidas. Pero en la 4T la información no se usa para cuidar a la población, sino para blindar al gobierno.

La coherencia llegó después: la Ciudad informó dos meses tarde de un deceso por sarampión. Dos meses. Tiempo suficiente para que el virus haga su trabajo y para que la autoridad ajuste su narrativa. En la CDMX no se gobierna con datos; se gobierna con silencios administrados.

Brugada parece haber entendido su cargo como el de jefa de información, no como jefa de Gobierno. Lo primero implica corregir versiones; lo segundo, garantizar vacunas. Y claramente eligió lo que mejor se le da.



Como todo buen manual oficial, apareció el capítulo inevitable: culpar al extranjero. Que si el brote no se originó en México, que si viene de fuera. El virus, a diferencia del discurso, no distingue nacionalidades. Lo que sí distingue es la ausencia de vacunación. Y si vino de fuera, llegó a México y aquí encontró terreno fértil.

El remate fue digno de antología: pedir que los turistas que vengan al Mundial lleguen vacunados. Importar responsabilidad sanitaria porque en casa no se aplicó. Brugada incluso anunció que pedirá a la FIFA y a la Secretaría de Relaciones Exteriores que se vacunen rumbo al Mundial. Empezar por el sistema nacional de salud habría sido lógico, pero eso ya sería pedir profesionalismo.

Mientras tanto, el ciudadano común se pregunta lo obvio: ¿hay vacunas?, ¿alcanzan?, ¿qué hago si me contagio?, ¿qué pasa si tuve contacto?, ¿a quién le creo? Las respuestas oficiales son pocas; las conferencias, interminables.



Las instrucciones reales —las que no caben en el discurso— son claras:

Vacúnese (busque dónde).

Lávese frecuentemente las manos.



Use cubrebocas solo para no contagiar si tiene síntomas.

Y si tuvo contacto con alguien infectado, llame de inmediato a su médico.

Trascendido: en los pasillos de salud ya se habla de lo inevitable cuando el Estado llega tarde y mal: escasez, discrecionalidad y negocio. Donde no hubo planeación habrá “gestores”. Cabe la duda: ¿allegados a los hijos y amigos de los hijos de López Obrador? (Atención, Latinus). Donde no hubo campañas habrá reventa. Donde no hubo información clara, habrá miedo… y abuso. La epidemia sanitaria viene acompañada de una avalancha de oportunismo.



Lo verdaderamente imperdonable no es el sarampión. Es haberlo podido evitar.

¿Qué sienten los secretarios de Salud cuando muere un niño de ocho años por una enfermedad erradicada? ¿Qué se dicen cuando saben que el brote no fue un accidente, sino una cadena de decisiones políticas?

Contra el virus se puede luchar.



Las vacunas se pueden comprar.

La prevención se puede recuperar. Lo que no se puede —aunque la 4T lo intente— es curar con propaganda, gobernar con silencio y vacunar cambiando cifras.

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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