La reforma electoral no avanza. No porque falte tiempo. Falta acuerdo entre los socios de la 4T.
Verde y PT siguen frenando el proyecto. No gritan. No rompen la mesa. Simplemente dicen no. Cuatro horas reunidos y ningún avance. El bloqueo fue educado, pero bloqueo al fin.
En el centro del choque está Luisa María Alcalde. La presidenta de Morena quiere ir a fondo: desaparecer las pluris y meter tijera fuerte al dinero de los partidos. Sin ajustes. Sin matices. Todo o nada. El problema es que sus aliados escucharon “nada” para ellos.
Porque sin plurinominales y sin recursos, PT y PVEM quedan en terapia intensiva. Y ahí se acaba la épica. No es una discusión ideológica ni de acuerdos. Es supervivencia.
El tema ya se mudó a Bucareli. Rosa Icela Rodríguez lleva semanas intentando destrabar el asunto. Siete reuniones después, la conclusión es brutalmente desalentadora para Sheinbaum: esto va para largo.
Cuando hay tantas mesas, es porque nadie quiere ceder.
Mientras tanto, Pablo Gómez redacta la propuesta con su equipo. Documento va, documento viene. Pero desde el partido le corrigen la plana. ¿Para qué escribir si al final manda otra voz?
Desde Palacio, la presidenta reconoce que el texto sigue en proceso. Traducción sencilla: no hay reforma lista. El calendario se estiró y nadie se atreve a poner fecha nueva.
Y para confundir más, Ricardo Monreal dice que las plurinominales se quedan. Alcalde responde que Morena no va por ahí.
Un partido, dos mensajes y ninguna certeza.
Al final, la reforma electoral no está detenida por la oposición. Está atrapada en una pelea entre socios de la política profesional como modus vivendi.
Morena empuja. Sus aliados se resisten. Y el discurso de transformación se queda, otra vez, en tinta y palabrería.
Por ahora, la reforma sigue donde empezó: en el limbo político. Y con aliados así, pensarán los partidos satélite, no hacen falta enemigos.
Posdata:
Y mientras unos esperan la gran reforma electoral, otros siguen esperando las 40 horas.
Dice Ignacio Mier que no es una tomadura de pelo. Que es histórica. Que desde 1974 no se tocaba el tema. Todo muy solemne. Hasta que explica la letra chiquita.
Cuarenta horas, sí. Pero no cinco días. Ni dos descansos. Ni aplicación inmediata. Ni obligación clara. Flexibilidad, le llama. Para el patrón, claro. Para el trabajador, paciencia.
También dice que cuesta dos billones. Mucho dinero para descansar un poco más.
Así que tranquilos. La jornada se “reduce”. Algún día. Poco a poco. Negociable. Flexible.
Como todo lo que prometen cuando no lo quieren cumplir.