Mientras el país contiene el aliento por lo que pueda venir tras la muerte de Nemesio Oseguera, alias El Mencho, la presidenta Claudia Sheinbaum concentra sus baterías en sacar adelante su reforma electoral. La suya. No la de la clase política —que aplaude lo que le conviene— ni la del pueblo que vive con el Jesús en la boca, mirando de reojo cada motocicleta que se le empareja en un semáforo.
Dicen, y lo dicen en voz baja y también a gritos, que ni la Presidenta ni su secretario de Seguridad fueron informados del operativo que culminó con la caída del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Si eso es cierto, no estamos ante un detalle menor. Estamos frente a una fractura.
El Mencho cayó el domingo. Y el silencio oficial pesa más que los balazos. Ni un parte detallado, ni una narrativa institucional que explique cómo, cuándo y bajo qué circunstancias se ejecutó la operación. En cualquier país que se respete, la comandanta en jefe de las Fuerzas Armadas es informada en tiempo real y, si es necesario, resguardada. Aquí no. Aquí la Presidenta estaba en Coahuila y nadie consideró prudente blindarla y trasladarla a Palacio Nacional.
¿Exageración? Tal vez. ¿Protocolo básico? También.
Resulta inquietante que quien encabeza formalmente a las Fuerzas Armadas parezca espectadora de una de las operaciones más delicadas de los últimos años. Más inquietante aún que, cuestionada por la prensa, Claudia Sheinbaum haya optado por el silencio. El rostro adusto de Omar García Harfuch en la mañanera —mientras el general Ricardo Trevilla Trejo acaparaba los reflectores— no ayudó a disipar dudas. Más bien las alimentó.
Porque aquí no solo se trata de un capo abatido. Se trata de las consecuencias.
El todavía poderoso aparato criminal que construyó el CJNG no desaparece con la muerte de su líder. Se fragmenta. Se reacomoda. Y en ese proceso suele desatar infiernos. México está a las puertas de un Mundial de Futbol que debería ser vitrina y fiesta. Pero el ambiente no es de celebración. Es de zozobra.
Basta un atentado de alto impacto para convertir la fiesta en luto internacional. Y no faltarán quienes, desde dentro o fuera, vean en el caos una oportunidad geopolítica. En este país ya nada sorprende: lo improbable se volvió rutina.
Mientras tanto, la clase política juega a minimizar riesgos. No perder privilegios es prioridad. Algunos ministros de la Suprema Corte hacen turismo político en el empobrecido Chiapas, como si el país no estuviera sentado sobre un polvorín. Cada quien en su burbuja. Cada quien cuidando su parcela.
Y el ciudadano, ese que no tiene escoltas ni fuero, ajusta horarios, cambia rutas y reza.
El Mundial está en riesgo.
México también.
Pero tranquilos: la reforma electoral avanza.
Al final, quizá tenga razón el viejo adagio: cada pueblo tiene los políticos que se merece. O que tolera.