En su larga conversación con Jorge Fernández Menéndez, Julio Scherer Ibarra insiste en que el presidente López Obrador tenía un criterio muy claro para seleccionar a su equipo. Le importaba la lealtad. La preparación, la experiencia, el conocimiento técnico, la honestidad eran asuntos secundarios. Lo dijo muchas veces: el gobierno es cosa sencilla y para administrar lo único necesario es el personal que ejecute la decisión de la cúspide. Lo dijo con una curiosa idea de las proporciones: 90% de lealtad, 10% de capacidad. Scherer lo repite a lo largo de la entrevista sin preguntarse si esa escala es justamente la que explica su fichaje como consejero legal del más arbitrario de los presidentes en la era moderna de México. En Julio Scherer, encontraba la combinación perfecta. Una devoción absoluta y una noción de la ley que empataba a la perfección con la del jefe. La selección de su asesor legal era apropiada. Scherer era hijo de quien López Obrador hubiera querido que fuera su padre. Lo veía como un hermano que jamás lo disgustaría con los fastidios de la ley.
Ni venganza ni perdón es el título pedante de esta entrevista que invoca a Borges para esconder la idolatría y el desquite. Un libro zalamero y rencoroso que, en su torpeza, enloda al ídolo y a su adorador. Eso es este libro en el que ni entrevistado ni entrevistador salen bien parados. El primero no oculta la baba al hablar del prócer. Es un gigante, un gran héroe, un predicador, un genio de la organización, un verdadero santo. El segundo deja en la maleta el oficio periodístico para servir de patiño. Scherer habla de lo que quiere hablar y solo de lo que él quiere hablar. Ningún planteamiento que salga de su estrategia de justificaciones, acusaciones y amenazas. No quiero decir que sea un libro irrelevante. La entrevista tiene su jugo. En su misma torpeza hay un valor. Como libro de autodefensa es una confesión y como elogio del patriarca es exhibición de la irresponsabilidad criminal con la que se gobernó el país del 18 al 24.
El libro deja claro que ser asesor legal de López Obrador era un quehacer imposible. A Scherer no parece haberle incomodado servir como instrumento de una voluntad fisiológicamente arbitraria. Cuando se quería violar la ley, sugería la forma más ágil para hacerlo. Cuando hacía falta atropellar la Constitución, el asesor presentaba puntualmente un proyecto a la medida del capricho. Lejos de ser el testimonio de un abogado que presenta argumentos legales a un presidente empeñado en una transformación radical, lejos de relatar el diálogo entre un gobernante y su consejero para examinar las rutas y los límites que impone la ley, el libro de Scherer es el diario de un coyote. Testimonio de un hombre que, como define el Diccionario del español de México de El Colegio de México, “hace de intermediario sacando provecho abusivamente de ello para arreglar asuntos, a veces ilegales, en oficinas de gobierno”.
El consejero critica la desastrosa reforma judicial pero no puede evadir su responsabilidad como facilitador del peor ataque a la legalidad que se ha emprendido desde el poder ejecutivo en toda la historia de México. Las memorias del fixer de López Obrador confirman, desde dentro, lo que se podía ver desde fuera. El megalómano era un hombre en extremo manipulable. Era un tipo desordenado, impulsivo y atrabiliario que despreciaba la inteligencia. Un hombre capaz de encadenarse a las ideas más absurdas y ruinosas si las promovía la camarilla correcta. Del gran corruptor que premia a los pillos fieles y que encubre a delincuentes de partido ya sabíamos suficiente. El libro muestra la extensión de esa maraña de corrupción del lopezobradorismo. Lo que revela nítidamente esta conversación es el encandilamiento de la idolatría. Scherer conoce a quién sirvió. No es ciego al manejo criminal de la pandemia, a los absurdos administrativos, a la corrupción reinante. Reconoce los terribles despropósitos del sexenio, pero mantiene en los altares al culpable. Su soberbia, su desprendimiento de la gestión, su desinterés por las sumas y las restas, sus obsesiones son vistos como una confirmación de santidad. Nunca mejor expuesta esa disociación del ídolo y sus consecuencias que aparece en los fanáticos que celebran los peores despotismos.