Columna invitada

Los que construyen

En un discurso de 1923 José Vasconcelos proponía una fórmula sencilla para hacer juicio de los hombres. Advertía que se trataba, seguramente, de una fórmula incompleta, pero, aun así, eficaz: “No hay más que dos clases de hombres: los que destruyen y los que construyen.” La línea divisoria era indispensable hacer reconocimiento de los forjadores y terminar el culto a los violentos. Recordar a “todos los que, en cualquier época y cualquier lugar, hayan dejado una huella benéfica, una obra, un servicio, en este suelo desventurado.” La pauta era válida para el gobierno, la empresa, la cultura. Una moral de servicio que se regía por una aritmética elemental: quien produce un poco más de lo que consume, quien da un poco más de lo que recibe sirve.

Para el Secretario de Educación poco importaban las etiquetas si en verdad queremos reconstruir el linaje de los constructores. Un creador podía ser liberal o conservador, reaccionario o bolchevique. Lo que cuenta es separar al que enseña del que engaña; al que edifica frente al que incendia; al que intenta en contraste con quien acata las imposiciones de la circunstancia. Vasconcelos imaginaba la historia como una fuente de concordia, el reconocimiento de las muchas fuentes de la inventiva mexicana.

Si hubo una generación creativa, una generación de fundadores, esa fue la generación de 1915, la generación que estudia Enrique Krauze en Caudillos culturales en la Revolución mexicana. Extraordinario lienzo que hila la confesión y el desplante, lo íntimo y lo público, lo luminoso y lo oscuro. Plutarco es el guía de estas vidas paralelas. En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de Historia, Enrique Krauze recordaba al historiador griego: “Escribo vidas, no historias. Y no es en los hechos más ruidosos donde se manifiesta la virtud o el vicio. Muchas veces una acción momentánea, un dicho agudo, una niñería sirven más para calibrar las costumbres que las batallas en las que mueren miles de hombres.”



El epígrafe de Caudillos culturales es, por demás, certero: “Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud.” Retratos de la actitud de una generación y particularmente retratos de las actitudes de dos de sus personajes centrales: Manuel Gómez Morín y Vicente Lombardo Toledano. En los personajes que habrían de fundar dos partidos diametralmente opuestos, Acción Nacional y el Partido Popular que después sería el Partido Popular Socialista, se encuentra lo que Vasconcelos reconocería como talante revolucionario. Vuelvo a aquel discurso en celebración de los maestros. De tanto oír de revolución, de tanto escuchar de hazañas revolucionarias, me he rebelado contra el nombre. Revolucionario, decía Vasconcelos, ha de llamarse a quien no se conforma con la lentitud del progreso y lo apresura; al que construye mejor, al que trabaja con más empeño, al que inventa, a quien se adelanta al destino, a quien con sus obras aumenta el bienestar de la gente.

Escribía Enrique Krauze en su artículo de este domingo que la inspiración de la generación del 15 eran dos caudillos antitéticos: Vasconcelos y Calles. El educador y el estadista. El primer Secretario de Educación y el fundador del Partido de la Revolución. En mi relectura del libro el llamado más intenso viene de otro lado y es ostensiblemente religioso. Me refiero al magisterio de Antonio Caso. Antes de las leyes y los decretos, antes de la epopeya de la alfabetización o los discursos de campaña, están las lecciones de filosofía de Antonio Caso como el aguijón de una vocación pública. El maestro Caso como el caudillo originario. Lo dice muy claramente Daniel Cosío Villegas al recordar su cátedra. No solamente era un gran maestro: era una llama. En él había una “flama interior capaz de despertar la adhesión, el entusiasmo y el propósito de seguirle.” Figura carismática, en el sentido más intensamente weberiano, es decir, religioso.

Caudillos culturales narra la travesía existencial de dos jóvenes. En Gómez Morin se trata del camino del misticismo a la técnica. El repudio de esa condena nacional que ha sido siempre la improvisación. El furor vasconceliano deja de ser inspiración para convertirse en pira catastrófica. Encender entusiasmos sin levantar alternativas. En Lombardo Toledano, el mismo origen conduce a una idea de la política como apostolado materialista. Un predicador de revolucionarios, a quienes convoca a la ejemplaridad.



En aquel discurso en la Academia de Historia Enrique Krauze recordaba a Marc Bloch. “La incomprensión sobre el presente nace de la ignorancia del pasado, pero es igualmente vano esforzarse por conocer el pasado sin entender el presente.” El libro que ahora reedita El Colegio Nacional inaugurando la serie de obras de Enrique Krauze nos sirve para entender ese pasado constructivo, y para entender el presente de destrucciones. En estas vidas encontramos la semilla de la tecnocracia y del populismo y reconocemos también la urgencia de “hacer algo por México.” Apreciar y reemprender la vocación creativa de México.

Jesús Silva-Herzog Márquez

Jesús Silva-Herzog Márquez es un periodista y escritor mexicano. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Colaborador miembro del portal web de noticias Latinus.

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