Concedamos que sea verdad lo que el presidente de la Corte, Hugo Aguilar, escribió tras la multiplicación de la imagen en la que dos de sus asistentes le limpian los zapatos afuera del Teatro de la República, a la vista de medio mundo. “Esto me tomó por sorpresa”, aseguró. Concedámoslo, aunque cueste creerlo.
Cronometramos la escena: dura 15 segundos y dos décimas. Es poco verosímil que, por distraído que sea uno, no advierta lo que está ocurriendo en un lapso así, y más aún si no está haciendo nada. En 15 segundos y dos décimas uno puede lavarse las manos, caminar 30 pasos, leer al vuelo la portada de un sitio de noticias. Es demasiado tiempo para refugiarse en un “no nos dimos cuenta de que me había salpicado en el zapato”.
Allá él con sus hábitos y el trato que les da a los otros. Su explicación es claudicante, débil. Dudo que le vaya a servir como justificación. Porque la fuerza de la imagen es demoledora.
Es Roque Villanueva haciendo la roqueseñal, o aquel dirigente morenista de Guerrero, Pablo Amílcar Sandoval, que acudió a registrar su candidatura a gobernador con un valet que le cargaba el saco. Son imágenes que marcan y que, en política, suelen desviar o arruinar una carrera, una biografía. Dos personas limpiándole los zapatos al presidente de la Corte durante 15 segundos y dos décimas.
El simbolismo de la escena es despiadado. Lo desnuda. Proyecta aquello que Hugo Aguilar niega de sí: un sentimiento de superioridad, soberbia. Amén de una cínica falta de reflejos.