La única moral que les queda es la doble moral. En México y América Latina, se rasgan las vestiduras por la suerte de los dictadores “progresistas” pero olvidan a sus pueblos, supuestos beneficiarios de ese “progreso” que viven sumidos en la opresión y la miseria.
¿Cómo explicarlo? Quizá por ignorancia o propensión a la irrealidad. O por el efecto de las anteojeras ideológicas, que no solo enturbian la mirada y la razón: hielan el alma. Pero lo que en verdad subyace es la hipocresía, el cinismo, el frío interés político y la mala fe. Saben perfectamente que el sufrimiento de Venezuela y Cuba es intolerable. Pero no les interesa ni les conviene registrarlo, menos aún manifestarlo. Y se entiende: la izquierda comunista nació con su moral (supuestamente superior) y derivó en la doble moral (enteramente inmoral).
Bajo ese credo sangriento -no era otra cosa- había actuado Lenin en 1920, cuando ordenó la ejecución de los kulaks, representantes de la propiedad campesina: “Cuelguen a no menos de cien kulaks conocidos, ricos, chupasangres, y asegúrense de que el ahorcamiento se lleve a cabo a la plena vista de la gente”. Y, antes de masacrar a los marineros de Kronstadt en 1921, Trotski advirtió: “los cazaremos como faisanes”. Stalin culminó aquella “aurora de la humanidad” convirtiéndola en una hoguera: la colectivización forzosa, la hambruna genocida en Ucrania, las purgas políticas.
La doble moral se propagó en Occidente al concluir la Segunda Guerra Mundial. Al conocerse la verdad del gulag (los millones de muertos en los campos de concentración soviéticos) Jean-Paul Sartre, el gran patriarca de la izquierda francesa, minimizó y relativizó los hechos comentando que, de ser ciertos, había que silenciarlos, porque su publicación solo “le hacía el juego al imperialismo”.
La revolución cubana fue vista en Occidente como la nueva oportunidad de la revolución bolchevique. Frente a ella la mayoría de los intelectuales fueron, en palabras del poeta Vicente Huidobro, “esclavos de la consigna”. Por ese motivo, cuando en 1973 apareció Persona non grata, el célebre libro de Jorge Edwards que criticó a Castro, no encontró editores en países de Europa. Años después, Edwards recordaba aquella atmósfera maniquea: “Se practicaba […] la indignación unilateral: moral hemipléjica, paralizada del costado izquierdo”.
El fenómeno se repitió en Chile. En 1976, Luis Corvalán -secretario general del Partido Comunista chileno preso por Pinochet- obtuvo su libertad a cambio de la de Vladímir Bukovski, preso en las cárceles soviéticas. Corvalán declaró que su situación no era comparable a la del disidente ruso, porque “en la URSS no había presos políticos”. Bukovski le contestó como se merecía: no importaba a nombre de qué ideología se manda a los hombres a los hornos. Discutir sobre la calificación que corresponde a esos regímenes le parecía como “hacer crítica gastronómica entre caníbales”.
En 1980 se produjo un éxodo masivo de cubanos del puerto de Mariel. Fidel Castro los llenó de injurias. La izquierda mexicana estuvo de acuerdo con él. Entonces Gabriel Zaid escribió en Vuelta el texto titulado “Comparaciones”.
Se ha dicho que los cubanos que se van de Cuba son como los braceros mexicanos. En la comparación hay algo de verdad. Lo que se echa de menos son las grandes manifestaciones priistas contra los braceros; la voz ofendida del Señor presidente, lloviendo sobre los mojados; muertos de hambre, rajones, maricones, lúmpenes… ¡Fuera, escoria de México!
Hoy en México, esa izquierda hemipléjica está en el poder.